Cuento ganador del Tercer Premio del Concurso de Cuentos Roberto Fonatanarrosa, en el marco del Primer Congreso de Periodismo Deportivo, organizado en 2013 por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social.
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| foto: @nchampane |
Daniel era un hombre bastante bromista, de unos cuarenta y tantos, todos y cada uno de esos años vividos en la misma casa: la 152. El barrio era raro. Los números de las casas no respetaban veredas, sino manzanas, y todas las calles se llamaban igual: 118. Para el forastero más allá del diagonal 690, era un verdadero laberinto de casas similares sin cordón ni veredas. Incluso los mismos platenses que no vivían cerca se perdían al visitar a un amigo.
El "Negro" (así lo conocían todos, excepto su madre, que nunca dejó de llamarlo por su nombre) había intentado triunfar con la pelota pero se resignó a temprana edad y dedicó su tiempo a cuidar del club, a la vez que se la rebuscaba con algunos trabajos de albañilería y pintura.Le escapaba a las formalidades y pocas veces había conseguido estar en pareja más de algunos meses. Alto y fornido, siempre se mostraba con una sonrisa en la cara, un poco escondida cuando dejaba crecer una barba tan negra como su cabello rizado, aunque algunas canas se atrevían a aparecer cada tanto. No usaba lentes de sol.
El "Negro" (así lo conocían todos, excepto su madre, que nunca dejó de llamarlo por su nombre) había intentado triunfar con la pelota pero se resignó a temprana edad y dedicó su tiempo a cuidar del club, a la vez que se la rebuscaba con algunos trabajos de albañilería y pintura.Le escapaba a las formalidades y pocas veces había conseguido estar en pareja más de algunos meses. Alto y fornido, siempre se mostraba con una sonrisa en la cara, un poco escondida cuando dejaba crecer una barba tan negra como su cabello rizado, aunque algunas canas se atrevían a aparecer cada tanto. No usaba lentes de sol.
Daniel había aprovechado el fin de semana largo. Era una persona que no se podía quedar mucho tiempo en su casa, donde vivía solo. El sábado había ido a pescar al arroyo Maldonado, aunque tirar la caña fue sólo la excusa para juntarse con Marcos y Alejandro, ya que nunca sacaban nada de esas aguas viscosas y multicolores que bordeaban el barrio. El domingo tomó su bicicleta y pasó toda la tarde en casa de su madre que no vivía lejos. Mientras que el lunes salió temprano de su casa, cerró puertas y ventanas y se dirigió al club para prepararles el quincho a los chicos que irían a festejar el ascenso a la Liga de Honor por primera vez en la historia del Diecinueve.
Trofeos de diversos deportes decoraban las vitrinas que alguna vez un cara conocida donó en tiempos de campaña. El piso de cemento y la poca iluminación se cortaban con la mesa larga y los tablones de roble. Algunos cuadros de diferentes categorías y deportes se lucían en las paredes pintadas de blanco. Grandes ventanales dejaban entrar luz, aunque aquella tarde no era tanta. Las nubes encapotaron el cielo y el sol se resignó al no poder contemplar los desmejorados techos de tejas en caída a las calles ciento dieciocho.
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Daniel se levantó contento, escuchando en la radio a un ex combatiente rememorando los años post guerra con otro compañero que eligió el camino del periodismo. El Negro recordó que era 2 de abril. Los chicos no habían desarmado en demasía la monotonía del quincho y Daniel pensaba barrer un poco para volver a casa. Esa tarde jugaba al fútbol con los ex compañeros de la secundaria, en una canchita que se llamaba "Nápoli" y quedaba a pocas cuadras. Un mural inmenso con la cara de Maradona daba entrada a la cancha de césped sintético que revolucionó las tardes de los chicos del barrio.
Se pasó la mañana acomodando las sillas y limpiando. Al mediodía las profesoras de patín llegaron temprano, augurando que no asistirían muchas alumnas ya que el cielo se ennegrecía cada vez más. Cuando llovía, era difícil entrar al gimnasio sin sumergirse en barro hasta los tobillos. Daniel bromeó con las mujeres sobre eso y una de ellas puso la pava para tomar unos mates.
El presagio fue certero y de las niñas sólo una se presentó, y se tuvo que ir al rato con su madre entre berrinches y lloriqueos. Las profesoras se fueron y Daniel pensó en quedarse un poco más de tiempo, por si alguien más llegaba. Apagó la radio y se recostó en una silla de plástico.
El techo de chapa rompió el silencio del lugar cuando las primeras gotas repiquetearon. Daniel entró rápidamente las sillas y sombrillas del buffet y decidió esperar a que deje de llover así iría hasta su casa a buscar la ropa para ir a jugar a la pelota. En ese momento pensó por qué no trajo consigo la ropa el lunes, mientras cerraba con llave el gimnasio.
Pasaron un par de horas y la lluvia no paraba. El son de aquellas primeras gotas se transformó en un sórdido y constante sonido al que Daniel se acostumbró. Abrió la puerta del quincho y fue a prender el televisor. Allí se dio cuenta de la falta de electricidad en el club. Se lamentó nuevamente no haber agarrado la ropa, al tiempo que se diluía la esperanza de patear un rato con amigos aquella tarde que cada vez se hacía más larga.
-Encerrado en el quincho, sin televisión y con pocas pilas en la radio-, pensó Daniel, al tiempo decidió subir a un pequeño altillo donde los técnicos de infantiles guardaban las pelotas y algunos accesorios para los entrenamientos. Desde allí se veía el barrio casi en su totalidad. Los techos, todos del mismo color, sólo se diferenciaban por los tanques de agua que lucían colores de clubes de fútbol. Incluso algunos se vestían de verde y rojo, colores representativos del 19 de Febrero, aquel que se revolucionaba cada vez que algún ex jugador de renombre traía a su hijo a patear a la canchita. Daniel tenía su camiseta de Estudiantes firmada por varias viejas glorias que llevaban a patear a sus hijos, tal vez nietos.
Las casas le trajeron recuerdos de toda una vida en el barrio. El debut en el club, la cantidad de muñecos que hizo con sus amigos los fines de año, y millones de imágenes se iban sucediendo a medida que reconocía tal o cual casa.
Las memorias de tardes pasadas en el Maldonado hicieron que Daniel mirase el arroyo. Lo notó más alto que cuando lo había visitado el sábado. Estaba casi desbordado. Los recuerdos se mezclaron con un sentimiento de preocupación y un frío le recorrió la espalda.
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Llegó la noche casi de repente, y traía relámpagos y más lluvia. Daniel se dispuso a bajar a controlar las puertas del gimnasio, ya que siempre entraba un poco de agua por las rejillas.
Una de las vitrinas se desplomó a unos metros. Daniel no sabía qué salvar. Setenta años de recuerdos en esas vitrinas que caían una a una mientras el agua viscosa como la del arroyo se hacía dueña del lugar. Tomó una plaqueta que a él le llamaba la atención de chico. Tenía una frase en italiano, país de donde eran oriundos los fundadores del club, que él nunca había entendido, pero siempre la miraba cada vez que entraba. Inexplicablemente le daba tranquilidad al entrar a la cancha, cuando pequeño, y al hacer un asado cuando pasaron algunas décadas. Alguna vez un viejo dirigente del club le tradujo la frase: “Vencer no es lo único en la vida”. Y esas palabras le habían quedado grabadas a fuego.
Pensó por un momento cómo estaría su casa. Cómo estaría el barrio. Tomó la placa que parecía ser de bronce y miró cómo caían demás objetos, pero era en vano tratar de salvar las copas y conmemoraciones que se amontonaban contra la puerta. Decidió subir al altillo. Nada podía hacer para salvar la historia del club. La historia de su barrio. Se llenó las manos con algunos cuadros más y una copa.
Se dirigió a la escalera mientras sus piernas chocaban con objetos invisibles en lo negro del agua, que llegaba a su cintura y le costaba avanzar. El ruido de la lluvia era ensordecedor y ese sentimiento de preocupación se transformó en un miedo incontrolable ante una situación que nunca había vivido. Apenas unas horas habían pasado de aquel primer repiqueteo y no sabía si en el agún momento iba a terminar.
Daniel, a oscuras, sólo veía los tanques pintados. No podía creer que no pudiese distinguir entre el arroyo y las diagonales que hacían del barrio todo un laberinto. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Lágrimas de nerviosismo y temor que lo llevaron a comenzar a rezar para que la tormenta acabe. Impotencia, sufrimiento, sentimientos juntos que jamás sintió se acumulaban minuto a minuto.
Pero el diluvio siguió varias horas más. Buscó con la luz de su celular mojado la radio, para escuchar alguna noticia, pero recordó que la había dejado en el cuarto donde durmió la noche anterior. No podía hacer otra cosa que mirar hacia la ventana. Mientras tanto, los estruendos que venían desde abajo lo mantenían en vilo. Fueron horas de desazón, de insultos a caras conocidas. De preocupación por su madre. Leguas de pensamientos vanos.
Por fin paró la lluvia, y pensó en bajar. Daniel fue hacia la escalera y con su celular que ya marcaba “batería baja” iluminaba los escalones de hierro pintados de verde y rojo. El agua marrón mezclada con aceite y todo lo que encontró en su camino, fue alejándose lentamente del club, no sin antes dejarlo destrozado y con marcas en paredes que serían difíciles de borrar.
Daniel intentaba no pisar los centenares de trofeos ya sin brillo que se esparcían por el suelo. En ese momento su celular sonó, y pensó rápidamente en su madre. Lo sacó del bolsillo pero ya estaba apagado.
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El agua (¿podía llamarse a eso agua?) se iba pero la desesperación de no saber nada de su familia y amigos persistía. Y ese dolor se acentuaba cuando miraba a su alrededor. Un lugar que sólo le traía recuerdos felices se convirtió en un escenario de desolación y Daniel se sintió atrapado. Pensó en ir hasta su casa. Pero el sol ya había aparecido y pensó que la gente que necesitase algo se acercaría hasta el club. Daniel imaginó que la próxima reunión no sería tan alegre como la de los chicos de vóley, mientras el agua dejaba el último escalón de la entrada. Entonces hizo lo que siempre tuvo que hacer. Comenzó a acomodar desechos y cosas inútiles y las alejó del quincho. Nadie lo haría salvo él, y lo sabía. En una hora el quincho quedó vacío, pero como siempre, a disposición del barrio.
Dos hombres llegaron hasta el alambrado que daba a la calle. Parecían padre hijo por la diferencia de edad que se reflejaba en sus semblantes tristes al ver el panorama devastador de la fachada del Diecinueve. Daniel los tenía vistos por el barrio, aunque nunca había conversado con ellos. Los individuos miraban las instalaciones y se tomaban las frentes al tiempo que se mordían sus labios inferiores. Daniel les preguntó si la lluvia los había afectado, ya sabiendo la respuesta.
- Perdimos todo – contestó el mayor, - Pero queríamos ver cómo estaba el club.
- Lo lamento mucho - dijo Daniel, al tiempo que preguntó por su madre - ¿Saben si la zona del boulevard 119 se inundó mucho?
- Por allá están todos bien, agua hasta los tobillos nomás. - Dijo el más chico que parecía cansado de haber colaborado con algún vecino.
- Por allá están todos bien, agua hasta los tobillos nomás. - Dijo el más chico que parecía cansado de haber colaborado con algún vecino.
Daniel les contó la noche de terror que había vivido allí dentro. Luego se alegró de saber que la zona en la que su madre vivía no había sido castigada por altas aguas.
Poco a poco la gente fue llegando mientras transcurrían las primeras horas de una mañana que nadie olvidaría. Algunos llegaban con lágrimas en los ojos, otros insultando al aire, a la lluvia, a algún político. Ni el arroyo se salvó de las injurias. Aquella porción de agua donde a sus orillas jugaron generaciones, se había convertido en enemigo público de la noche a la mañana.
Indignados, los vecinos se acercaban al 19 de Febrero y se asombraban cuando se enteraban que Daniel había pasado la noche allí. Una señora mayor le aconsejó que vaya hasta su casa, para ver qué había perdido, pero Daniel insistió en quedarse.
Todos los que llegaban no habían podido escapar a la tormenta. Incluso ya comenzaban a circular rumores escabrosos mientras contemplaban pasmados las marcas que el agua había dejado en los paredones del club.
Al mediodía, ya se habían organizado para ayudar a quienes más habían sufrido. Los más cercanos al Maldonado habían sido los más afectados y se fueron ubicando en los lugares que Daniel organizó. El "Negro" vio que otros tomaron la voz de mando y aprovechó para tomar un teléfono y hablar con su madre, para tranquilizarla y preguntarle cómo la trató el agua. Cortó no sin antes procurarle que más tarde iría.
Finalmente fue hasta su casa, pero no se conmovió al ver la heladera recostada sobre el piso, ni la mesa pegada a la puerta que daba al patio. Sólo tomó unos bolsos, los llenó de ropa aún seca y volvió rápido al club. Pensó en cuántas veces había hecho ese recorrido de su casa a la canchita de sus amores con el botinero pegado al brazo. Esa oportunidad seguro fue la más triste para Daniel. Apenas llegó puso los bolsos negros junto a otras bolsas de consorcio donde unas mujeres clasificaban las prendas.
En cuestión de horas, el club se volvió un centro de ayuda y recepción de donaciones. Al tiempo que algunos muchachos intentaban recuperar viejos recuerdos del quincho, o materiales para los entrenamientos que tardarían meses en retomarse. Daniel se quedó hasta altas horas y no notó que no dormía desde que escuchó por la radio a un veterano de Malvinas, la mañana anterior.
Él, como varios de los vecinos, se sintió mejor allí. No estar en otro lugar que no sea ayudando a los allegados y reorganizando una porción que quería de su propia historia en el que sólo las paredes quedaron de pie. El Diecinueve Lo Necesita a Daniel, y el barrio Necesita al club.
Yo gnacio champane

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