-Me encanta lo exagerada que sos.- le dice.
La polaca se ríe mientras sus pies casi tocan la cara de Rita. Tiene puesta una tanga negra solamente, y lee mi último poema mientras se ríe y no me mira. Cada tanto dice algo que no Rita no entiende. La ignora con una indiferencia que se da entre dos personas que, se conocen tanto, que la indiferencia misma es el clímax, aunque se conocieron este año y es la segunda vez que se ven en su monoambiente. La anterior, cogieron un rato, hasta que Rita le dijo su apellido con tono argento, imitando al profe de Latín que patina la erre y que está muy caliente con ella, y no pudieron seguir. Cuando se sorprende por algo que dice ella, la polaca se ríe tanto que parece alguien que jamás se había reído en su vida. Durmieron, y almorzaron juntas en una despensa que peina canas.
"Me entiendo mucho con la polaca. Me gusta bastante estar con ella." le había dicho a un amigo Rita, hace unos días. San Telmo escupe ruido pero en el corazón de la manzana, en ese monoambiente sepia que alguna vez fue living de una casa enorme, en esa cama de dos plazas siempre deshecha, solamente se escucha la risa de la polaca de a ratos, mientras lee. Con la cabeza apoyada en la almohada, Rita acaricia sus piernas y , si se esfuerza, solamente ve su culo y la nuca. A veces prefiere mirar el techo de madera, que tiene tres vigas con dibujos como el living de su primera casa. En vez de una de dos plazas, de chica dormía en una cucheta, a veces arriba, a veces abajo. Sus padres la compraron aunque en ese momento la tuvieran solo a ella. Lo vivió como un amague permanente y eterno de tener un hermano o hermana, hasta que, un día, Fabio el padre, serruchó los caños de la cucheta para venderle la parte de arriba a un vecino. De esos días hablaba el poema que la polaca leía: de los gritos en casa platense y el Corralito; un paralelismo berreta, maquillado por la abstracción.
"La acaricio a la polaca. Le acaricio las piernas. Y cuando dejo de acariciarla se da vuelta y, con mirarme nomás desde el pie de la cama, me obliga sin amenaza a que la siga tocando y... no sé. No sé si me calienta más que me mire o que deje de mirarme. Pegamos piel. Pegamos onda. La facu y todo eso ayudó a que nos conozcamos, pero antes de esa primera vez, que cogimos y nos cagamos de risa del profe, no había esta onda. Y ahora la miro, y la toco, y la escucho reírse, y me acuerdo que estoy en San Telmo, lejos de mi depto, y la escucho hablar raro y de repente me gusta todo. Me siento en otro lado. La verdad es que me siento en Alemania, ponele, pero no se lo voy a decir."
Su pecho descansa contra una almohada. La polaca es tres años más chica que ella. Es blanca y pecosa, muy flaca y de voz grave.
El poema es de tres páginas y la polaca lo está por terminar. La última vez que se dio vuelta para que la siga mimando, Rita vio en esos ojos empetrolados algo de humedad y nostalgia. Pero ahora se ríe y le dice que los argentinos viven en una tragedia, que son unos exagerados. Le contó que cuando era chica, compartió una pequeña cama con su hermana, hasta los trece. Que siempre había querido tener una cucheta, me decía la polaca. Que era una hijo de puta porque se quejaba. "Algo de razón tiene". Rita quiere romper la magia de que no todo lo que escribe es tan así, tan literal, tan real, pero la deja que vuele y la conozca por su prosa, porque, hablar, hablaba poco y como el culo.
-Viven en una agonía sin sentido, los argentinos. No saben lo que es la tragedia.- dice la polaca. De repente, Rita es todos los argentinos, culpa del poema. Todo tuvieron una cucheta sin merecerla, todos tuvieron padres que discutían y se escondían en el baño, todos son unos exagerados. Le dice que tiene razón, porque cree que la tiene, mientras le baja la tanga y le aconseja leer El Matadero.
-Acá en San Telmo, -sigue- cada media cuadra tenés una casa de antigüedades. ¿Sabes cuántas tiendas así hay en Sandomierz? Cero. ¿Sabes cuántas hay en toda Polonia? Cero, boluda- y la "de" la pronuncia como la "erre" y Rita aspira todo el oxígeno que puede para hacerle saber que la calienta en serio.
-¿Sabés qué nos queda de nuestros abuelos? Ni las casas, boluda. Cada dos metros hay un cráter que dejó una bomba o un castillo derruido que nos hace acordar las mierdas que vivimos. ¿Cuántas bombas cayeron ahí donde vivís vos?- En ese instante se da cuenta de que la charla iba por un lado y las manos y la mirada de Rita por otro. Y se vuelve a reír.
-Tenés razón, bolura. - La mira con odio, se muerde el labio inferior y aprieta su cara entre las piernas. Y se ríe. Y la mira con esos ojos que no dan más de mediterráneos. Su enojo tierno terminan de convencer a Rita de que van a coger de nuevo.
"La miro y pienso qué morbos le despertarán los traumas escritos de una argentinita cualquiera."
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