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Mostrando entradas de agosto, 2021

Sobre el sol y la luna

 Insípida y repentina. Sal y ceniza. El frío de otro cuerpo. Anillos de fuego. Mar que los apaga. Ola que no ahoga y lágrimas que no mojan. Gritos infundados Vienen de otro tiempo. Voces que no esperan, A mi alma, no deben Aún no deben saber Que soy quien escucha y siente. Invierno y primavera sin sol ni luna. De afuera una melodía. Se siente como un golpe repentino Ante mis oídos Que nadie lastimó todavía. Jugando a no caer, en vilo por escuchar. Sombra en el espejo Intenta recordar Mucho más de lo que pueda ver Sin consuelo ni entendiendo Si las aves te sonríen O se están escondiendo del cielo. Ola que no ahoga Silencio que se aleja La esperanza no regresa. Promesas sobre mi pecho De un mundo que no es. Un recuerdo juega con mis ojos, Veo blanco el atardecer. Ojos hundidos en la piel No podrá comprender Si soy alma o corazón Si soy madre o padre Si mi cuerpo les da calor Si soy alguien que volvió A recordarles el silencio A ver con ellos un mar que moja Pero no como debe ser. Ola...

No me ven así

 Ponele, pienso, ¿no? Hay cosas que no se las puedo contar a mi jefe, así en una charla de amigos que nunca van a ser amigos. No le puedo contar dónde vivía, con quiénes andaba. No le puedo contar que mi amigo Paco se ahorcó a los quince años, nada que ver, pero porque le va a chupar un huevo, y porque va a formar una idea mucho más general y enquilombada de lo que soy. Él, como todos los de acá, menos vos, me conoce hace un año nomás y no sabe las cosas que me pasaron, las cosas que hice, lo que no. Igual está bueno esconder algunas cartas, qué se yo. Seguro te pasa. A mí me dá que en cada círculo me tengo que manejar un poco distinto. Me gusta saber hasta dónde puedo maniobrar. Está bueno que no sepan todo, que no te pongan ni en el umbral de víctima, ni en la mira del peor ser humano del universo. Hay un par que me detestan, ¿te diste cuenta ?. Pero mi jefe no. De hecho, hoy estuvimos todo el día juntos, hasta recién que me abrió el portero. El chabón me ama. Conoce las partes j...

Los Muñecos

 Saber que en otras ciudades no se hace, es condición suficiente para que cualquier platencito se sienta orgulloso de hacer un muñeco en su barrio. Mauro era chico, el más chico de la banda de amigos que mientras noviembre se acercaba ya planeaban qué iban a hacer para quemar a fin de año: una momia. El barrio 19 de febrero ya tenía su representante. No había muchas razones: la idea era hacer el torso, cabeza y brazos (uno extendido como intentando agarrar algo delante suyo, y el otro más retraído, con gruesos músculos), rodeados de venda ficticia y engrudo, emergiendo de la tierra. Por lo general, solían hacerse personajes que se destacaron ese año, pero Mauro llevó la foto de la momia y a todos les pareció una gran idea. Era el primer muñeco en el que Mauro participaría activamente, y comenzó a enderezar alambres y algunos fierros pequeños para armar la estructura. Siempre le gustó ver arder los muñecos, pero sobre todo el ruido que hacían las obras de arte de los chicos de Barri...

Coso

 Cerré la canilla y mis pies cuelgan a unos cinco centímetros del piso de cemento del baño. No me puse medias. Desde siempre me gustó sentir el suelo. Cualquiera sea. Una baldosa y sus límites, el asfalto aunque queme, el pasto o el barro que renace entre mis dedos gruesos haciendo burbujas grises. Amo pisar el barro y que de repente, entre todo ese quilombo, alguna piedra aparezca y me pinche un poco, y seguir, como si nada, como si el barro fuera mío, como si las abejas ya supieran que no me tienen que picar, porque soy barro. Encima tengo un frío... Pero de esos que siento que los voy a recordar toda la vida. Como cuando fuimos hace poco al Zoológico de Buenos Aires. Vi una jirafa, y la vi triste. Le tiré comida y no la quiso. Los gansos sí querían, y un poco de miedo me dieron. A la vuelta a mi viejo se le voló una puerta de lona del Mehari, que ya era un hielo de por sí. Todo el viento me pegaba en la cara, y ya era tarde y a mí me encantaba, hasta que se escondió el sol. Creo...

Ella, vos, yo, ella y yo.

  Cómo decirte... Un día vino ella y me dijo que le gusta cómo hablo, la cadencia de mis palabras, la exageración de mi cara. Me gusta, me dijo. Me encanta. Y vos jamás te detuviste ni siquiera a corregirme una oración. Pareciera que no te interesa lo que digo, lo que escribo. Una vez te conté que me iba a anotar a un curso. No te voy a decir de qué, ¿a ver si te acordás? Ni en pedo, ¿no? Ella fue y se anotó conmigo. Ella me dice que voy bien, y cuando voy mal me dice que tengo que enderezar un poco para ir mejor, aunque sepa poco y nada del tema. Vos, nada. No me hablás. Está bien, ella también me dice que hablo poco, como me decís vos. Pero ella me pregunta. Una vez, antes de abrazarnos, me preguntó cómo estabas. Vos. Ella. Me preguntó cómo estabas vos. Le dije que estabas bien aunque no lo sabía, porque no me contás. Vos una vez me frenaste en la calle y me preguntaste si estaba bien. Yo. Si estaba bien de la cabeza. Que qué hacía hablando con ella, a mitad de un miércoles. Ella...

La Abuela China (Algún año tipo 1920 - 2mil y piquito, después de 2005 seguro)

 No sé su nombre completo, le decíamos de mil maneras. No recuerdo ni el día, ni el mes, tampoco el año en el que murió. Sólo que sonó el teléfono y mi vieja dijo hola y ya cuando dijo hola y dijo Uy bueno, yo entendí todo y cuando ella me dijo Nacho, e hizo una pausa, yo le dije que sí, que ya sé, como para que no se hable más, y dormí un rato hasta levantarme para ir a mi segundo velorio en la historia. Oficialmente nadie me dijo que estaba muerta. Perder y llorar una abuela puede ser muy Disney, muy aburrido, muy común. Para mí fue una muerte más en el remolino de adolescer. No recuerdo el año en que murió pero sé que fue después de 2005, que murió su hijo. Tuvo siete y vio morir a tres: Cristina, Tito y Fabi. Aún quedan Olga, Norma, César y Lili. Lili vivió con la Abuela China muchos años, y los últimos sobre todo fueron muy difíciles para ambas. A mí me gustaba ir porque mientras ellas discutían con mi viejo yo jugaba en la Compaq Presario. También le revisaba algunos cajones ...

Los Niños Mágicos.

por Ignacio Champane. La eterna bronca de nacer después. De que se me ocurran ideas o me pasen cosas hermosas que ya fueron contadas al menos diez veces alrededor del mundo.  ¿Qué hubiese sido de mí si fuese el primero en contar que las paredes dialogaban conmigo? Que me atacaban y me desnudaban para darme una lección. Que me hacían reír, con chistes que se escribían sobre sí. Que me contaban lo que fue, y se atrevían también a contarme lo que será. Que me enseñaban a vivir. Pero si se lo cuento ahora a alguien, seré uno más en un tumulto de gente eufórica intentando esclarecer la nebulosa. O seré uno más del que burlarse, o tendré 2 visualizaciones en Youtube. Nadie me va a creer. O peor aún. Muchos se acercarán a mí y me dirán que les pasó lo mismo.  ¡JA! A la única que le pudo haber pasado lo mismo es a mi madre, y está muerta. Nadie más habitó esa casa. Nadie más habló con ellas. De hecho, pocos conocen dónde nací. La casa no tenía revoques en ningún rincón, salvo en mi ha...

Todo lo que sale por mi boca

A esta hora, la ciudad se muestra más amigable de lo que imaginé. Casi no siento las baldosas mientras camino por una calle inundada de luz blanca. Viene gente, bajo el cordón y mientras los autos pasan a contramano de mis pies, siento en mi cara el aire a toda velocidad que los acompaña.  Llegando al Parque Saavedra es siempre lo mismo. Una bicicleta inglesa con notas de óxido se pierde tras el hospital, mientras alguien le grita, desesperada. Intento mirar su rostro, es familiar, pero no es quien pienso. Me adentro en el parque. Pero siempre que paso por ahí, la bici se aleja, y algo se lleva. Y mientras repaso de dónde conozco esa mujer de dedos largos y voz rota, de un momento a otro ya estoy sobre tierra y charcos, caminando descalzo, y los árboles desaparecen. Hay viento pero no vuela polvo, y veo todo con claridad. Mis manos sujetan algo. Mi casco parece un balde antiguo con restos de cal y un compañero igual vestido que yo, descansa asustado contra la pared de una esquina. ...