(Foto: Ignacio Champané)
Ella no se movía. Miraba a su alrededor y no comprendía por qué todos corrían. Ella había despertado feliz, en medio de un mundo en discusión, pero radiante y dispuesta. Sin embargo la desesperación
colectiva que había en eso que parecía más bien una parada de un ómnibus que muchos no querían tomar comenzó a inquietarla. A su lado había rejas de una ventana inexistente y un farol que no alumbraba.
Sus músculos no respondían tanto como
sus ojos grises que no sabían donde posarse: todos caminaban rápido, trotaban o
corrían como atletas hacia lugares que se escondían en océanos de niebla. Algunos hasta parecían desplegar alas y hablar entre sí en idiomas distintos. Sin embargo, ella no
sabía dónde querían ir. No encontraba respuesta a que no quisieran estar justo
allí, y en ese hermoso momento calmo, hablando
tranquilamente con su conciencia. No. Ellos corrían. Y ella esperaba.
Un segundo más tarde sus manos se sobresaltaron. Sus hombros
se encogieron y su semblante emblanquecido por el frío cambió de manera abrupta . Un viento helado recorrió su espalda hasta posarse en su cuello y hacerse sentir en sus labios. ¿Había tal vez sentido lo que los demás tiempo atrás?. ¿Será quizá aquella oscura razón la que los había
hecho escapar?. ¿Habrán sentido la misma necesidad de un abrazo cálido o asilo eterno en la comodidad
de esos otros?
Después del escalofrío ella volvió a quedar inmóvil.
Su boca quiso tiritar. Dos perlas cayeron de sus manos mientras una gota enorme inundó su frente
desnuda. Otra se escuchó lejos, pero parecía acompañar a la primera. Supo entender por que
corrían al mirar alrededor . Supo por qué sintieron temor. Miró al cielo y sonrió con fuerza. Ya no importaba el horizonte en su
mirada, sólo quería disfrutar el momento. Un momento nuevo, insensible y con destellos de luz de un farol que comenzaba a alumbrar un camino infinito.

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