Las voces del campanario
La campana sonó tres veces por primera vez en el día, cuando tendría que haber sonado cuatro. Dante lo sabía. Odiaba que suene cuatro veces. Le gustaban los números impares; se despertó agitado, se arrodilló en su cama, miró a la ventana y la neblina no dejó aparecer a la iglesia San Benito. ¿Por qué sonó sólo tres veces? Su insomnio, cuando apenas parecía haber desaparecido, volvió con todas sus ganas.
Antes de levantarse agarró el celular y desactivó la alarma que sonaría tres o cuatro minutos más tarde. Sus ojos enrojecidos eran un preludio en llamas de las lagunas oscuras de sus ojeras. Toda la semana lo mismo.
El primer campanazo lo despertaba; el segundo y el tercero le molestaban, y el cuarto era un alivio de saber que los ruidos santos por fin terminarían. Pero esa madrugada el cuarto no sonó. Y Dante se desconcertó. Todavía era de noche y las luces de la calle parecían empañadas.
Hacía frío, Dante se apresuró a cambiar. No sabía bien por qué le había preocupado tanto el episodio de la campana pero no se detuvo a pensarlo. Buscó sus llaves personales decoradas con una pluma violeta y un par de destapadores; no las encontró, instintivamente fijó su mirada en la puerta y en el primer intento la abrió sin problemas. Se dirigió al pasillo poco iluminado, largo y de baldosas negras y rojas, faltaban varias. Dante sabía dónde faltaban y evitaba pisar el cemento desnudo.
La puerta de calle se abría fácil y se cerró detrás de él con un estruendo terrible que habrá despertado a más de un ánima, pero ninguna luz se prendió: enfrente, el parque iluminado por la luna lo abrumó. Las montañas verdes con el césped al ras se perdían en la humedad. Del otro lado la iglesia no se veía, pero estaba. La niebla te deja ver sólo lo que necesitás, se dijo Dante. Por la asfaltada no venían autos y el semáforo de la esquina tintineaba en amarillo.
Cruzó hacia el parque y pensó en seguir el camino del borde, pero al instante comenzó a caminar en línea recta hasta toparse con el caminito de ladrillos que llevaban directamente a la puerta doble de madera con refuerzos de hierro y una cruz enorme y negra en el centro. Arriba, algunos santos.
Dante recorrió varios metros, no veía el camino y al cabo de un rato se comenzó a preocupar. Ahora ya no veía tampoco la calle. Sintió miedo y un escalofrío hizo sonar su columna.
Siguió caminando por el pasto. Sus pies se humedecieron hasta los tobillos. Oyó unos perros y miró a su alrededor, pero sólo vio luces lejanas, altísimas. Buscó la luna y tampoco la encontró. Estaba realmente desorientado.
Dio unos pasos más y tropezó con algo bastante duro. La niebla era aún más espesa allí. El banco de madera desprendió un ruido seco. Dante lo reconoció por su rojo despintado y se convenció de que pronto llegaría a la otra punta del parque. Se desvió a la derecha levemente y encontró al fin el camino de ladrillos dispares que lo tranquilizó. Otra vez el recuerdo lo llevaba indemne hacia el gigante centenario.
Sabía que estaba cerca de la iglesia, pero pensó en volver. Después de todo, sólo faltó un campanazo, y no era su problema el por qué. Pero su mente de agua y espasmos nocturnos iba más allá que su cuerpo caliente y primaveral.
Aceleró el paso alumbrando con su celular el camino rojizo. A su izquierda, las hamacas se dejaban ver en su campo visual. A cada segundo se sumaba una sombra, algo que no debía estar. Y se iba. Y volvía. Y de repente ese camino nublado se volvió el pasillo de su antigua casa. Y se iba, y volvía y el pasillo lo acercaba a su padre, que también era una sombra.
Y se iba.
Pronto llegó al cordón y si bien apenas una calle lo separaba de la gran puerta, aún no podía verla. No se escuchaban motores, por lo que sin pensarlo cruzó.
Una de las puertas estaba abierta de par en par. Se distinguía sólo media cruz. La niebla había entrado en la nave principal y amenazaba con cubrir el presbiterio. Detrás, una puerta más pequeña dejaba ver luces y un altar. Dante corrió hacia ella.
Por un momento pensó en llamar a la policía. Allí algo realmente pasaba. Por lo general, en las noches sólo el campanero descansaba en la parte superior de la iglesia. Aquella era una de las pocas que aún conservaba el hábito de tener un campanero.
Atravesó la puerta y divisó una escalera. En la marea de sus pensamientos recordó lo mucho que le apasionaron desde chico las iglesias.
Dante respiraba por la boca y largaba bocanadas de humo blanco. Dentro de la iglesia el frío se sentía aún mas. Subió rápido por la escalera hasta que comenzó a sentir el cansancio y aminoró su marcha.
El piso de madera era alumbrado por unas velas y una caldera que ardía. Dante vio la gran campana, y detrás otras dos. Gritó tímidamente pero nadie respondió. Avanzó y cada paso que daba hacía sonar las maderas como madres desesperadas en socorrer a sus hijos.
La gran campana no brillaba, estaba cubierta por una capa espesa de polvo negro. El badajo se balanceaba, y apenas rozaba los bordes. Dante bordeó el inmenso sonar y el ruido de las maderas se detuvo al tercer paso.
Levantó su pie y sintió cómo chorreaba. El charco se perdía en el gran hoyo del campanario. Miró a su izquierda y se reencontró con la niebla, y el piso de madera ahora yacía frío en su espalda. A su derecha más sombras, que ahora se movían.
Dante intentó mover los brazos para levantarse, no podía apartar los ojos de aquella sombra espesa.
Se palpó los bolsillos y no encontró su celular. La caldera iluminaba su cuerpo, rodeado del rojo de sus ojos. En el centro, una pluma violeta empapada intentaba apuntar hacia la campana.

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