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De melenas de plástico y pies chamuscados

No estoy tan viejo pero ya tengo bronca. Sé lo que va a pasar. No lo puedo evitar, y, más aún, lo voy a tener que ver y aceptar sin chistar.
Tengo trentitantos y de la única etapa de mi corta vida que no reniego ni le cambio una coma es de mi infancia.
En mi casa y alrededores aprendí palabras que otros chicos de mi escuela no conocían. Calcario, ponele. Cinco cuadras mitad tierra mitad asfalto para ir a tomar el micro e ir a la escuela eran la mayor preocupación. Y volver ya era rutina: mochila en el sillón; guardapolvo en una silla y cambiar largos por cortos para ir a patear al campito, cuna de cracks que no llegaron, de mates en ronda y ritos nocturnos.
Me juré mil veces que jamás iba a ser tan melanco como la generación de mis viejos, que se jactaban de haber escuchado (con razón) la mejor música, de tener (sin razón) los juguetes y juegos más sanos, y un montón de pelotudeces más que ellos amaron y nosotros, los de los noventa nunca necesitamos.
Pero ya lo siento, lo veo venir, y aunque no tenga planes de tener una hija o un hijo, tengo la certeza de que ese ser diminuto, al que Las Pastillas del Abuelo le van a parecer unos viejos chotos y barbudos que cantan algo raro, casi folclórico, esa personita nunca va a tener lo que yo tuve: un amigo como mi Jack.
Como a todo hijo único (desconozco si a los hermanados también les pasa), el mundo exterior siempre me pareció lindo, pero mucho más precario y menos cambiante comparado al universo paralelo que mi cabeza construía con lo que tenía a mano. Desde chico, salvo los soldaditos, los muñecos más bien articulados y de plástico fueron mi debilidad. Los autitos no me llenaban. Con los muñecos podía armar terrible partido de fútbol y cobrar penal en cualquier parte de la cancha. Un caballero del zodíaco cuyo nombre no recuerdo era mi jugador estrella. Curiosamente arrancaba perdiendo todos los partidos, pero él los daba vuelta.
Mis viejos nunca me hicieron notar que las gaseosas sólo se tomaban en los cumpleaños; que los Reyes Magos siempre colgaban un par de días y tomaban agua y comían pastito justo para mi cumple; que el Citroen 3CV andaba cuando quería y que era más lindo caminar hasta el súper de Los Pampeanos, y que a Mc Donald's se iba solamente el Día del Niño, porque sino hacía mal.
Algún día de agosto de esos, la vida, o Ronald, me regaló un amigo insospechado.
Mi tía Lili, solterona hasta estos días, me llevó al cine (otra cosa que se hacía en fechas especiales) a ver la peli de Disney de moda. Tarzán estaba en vasitos, en propagandas, en yogures y pochoclos. La peli, linda, hizo llorar a Lili, pero después levantó con Phil Collins y nos fuimos a Mac para terminar de llenarnos de cultura norteña pero norteña norteña.
La cajita salía cuatro pesos. Ni en mi barrio todavía había sonado la palabra corralito. Mi tía se pidió una ensalada y dentro de mi cajita vino el muñeco de Tarzán.
Pero al llegar a casa, ese muñeco semi desnudo, de tez morena y con agujeritos en la planta de los pies dejó de llamarse así. Desde que entró a la casa 152 del barrio 19 de Febrero, el universo formado entre muñecos, arcos de fútbol, pokemones que fueron llaveros, cabezones mundialistas y yo, lo bautizó Jack.
Ya no era ese joven ignorante atontado de amor; ahora era el mejor muñeco del mundo y fue el que pasó a arrancar perdiendo todos los partidos, para ganarlos pegándole a la pelotita de plastilina, con sus pies desnudos y su frente dura.
Años y años comandando cada historia en mi soledad compartida, Jack pasó a ser leyenda. Todos mis amigos querían jugar con él, maniobrar al heroico, cuyas articulaciones se mantenían intactas desde que salió de esa caja de cartón.
Fue pasando el tiempo y los muñecos se cambian por, qué se yo. Amor? La bici, los deportes y amigos. Pero Jack siguió conmigo. Yo le prometí que, si se portaba bien, algún día iba a conocer a mi hijo, y podrían jugar juntos. Así que lo conservé. Ya tiene más de diez años, y sigue dando vueltas por mis habitaciones.
Mi novia lo mira ahí colgado de un cajón. Debe pensar que aún juego con él. Y la verdad es que muero de ganas, aunque sería algo raro, supongo. Porque algo que ya no conservo es la llave para entrar a ese universo: la imaginación.
Y hoy o cuando se está por terminar un nuevo año (siempre), me siento un iluso de pensar que un nene de este nuevo milenio va a querer jugar con ese pedazo de plástico inerte que no cambió su puta expresión en décadas. Qué pibe de ahora va a querer pasar tiempo con algo que no emite sonido, luces. Que incluso le cuesta quedarse parado sobre sus pies medio mordidos por un perro.
Yo, por las dudas, los voy a presentar. Algún día le voy a contar esta historia a mi hijo o hija, y él decidirá. Probablemente piense como yo, cuando mi viejo me mostró su fitito de hierro con el que jugaba en Azul. Sabía que nunca lo iba a disfrutar como él lo hizo. Y mi heredero tampoco. Tal vez deba guardar ese muñeco vintage, masticar la impotencia y aceptar que, como yo lo hice alguna vez, él querrá buscar su propio Tarzán.





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