Dentro del Parque.
Fueron seis, o tal vez siete los domingos sin sol en la
ciudad. Viento, lluvia, series o noticias
de mierda. Domingos iguales. Distintos pero iguales, ásperos. Soberbios de
cuello alto, con bufanda, que competían para ser el peor.
Pero ese domingo fue distinto. Fue claro como una mente despejada de problemas. Tan desubicado como necesario. El Parque Castelli se lució ese día. Tenía montañas de pasto quemado y algunos árboles caídos. Había tres
arcos de fútbol y un carrousel barato,
con olor a garrapiñada. Esa tarde
se jugaron varios partidos sin árbitro. La pelota rodaba un poco,
picaba mal siempre, ante la desatenta mirada del tercer equipo que
esperaba intentando pegarle al travesaño del arco más
alejado. La cancha de bochas no abrió ese
domingo.
Alrededor de las cuatro de la tarde las voces de los niños ya se mezclaban con los gritos aislados
del cuarto partido en la cancha principal. Mate
y reposera, familias enteras y parejas rebeldes. Todo brillaba con el sol
fresco.
También Sara.
Desde que llegó, no se movió del concreto que funcionaba de
asiento y separador a la vez entre el césped y los modernos fierros negros de
estiramiento y ejercicio.
Unos zapatos de
taco desgastados y pantalón negro se dejaban ver por debajo de un manto de
vicuña marrón, que tal vez tenía más que sus sesenta años. Parecía sucio y
prolijo a la vez.
Sara tenía un cabello negro larguísimo y ese domingo lo
llevaba suelto. Algunas canas gruesas
se desprendían como rulos al viento sin viento, y brillaban.
Su pierna izquierda se posó sobre su derecha y parecía
llevar un ritmo con su tobillo, acompañado del dedo anular derecho, al que le
pesaba una alianza. Una botella de gaseosa sin etiqueta, repleta de agua, y una
bolsa de regalo que parecía contener papeles acompañaban a Sara.
Y su mirada.
A su alrededor nadie parecía observarla. Casi que no
parecían verla. Dos veinteañeros se sentaron un buen rato en el cemento junto a
ella y no notaron su presencia.
Sara tampoco. Su mirada se perdía en el verde del pasto, o en un árbol
creciendo, o en dos nenes jugando a la pelota, o en nada. Por momentos parecía
mirar la nada. A veces miraba su sombra e intentaba ubicarla en mejores lugares; le daba la espalda al
sol, a la pareja, a todo el parque.
Del silencio se
desprendió un grito. Escuchó su nombre en una voz arrugada. Esa voz. Se aterró
ante la imposibilidad de la cordura del sonido. Su pie detuvo el ritmo
en el mismo instante en que sus uñas pintadas de blanco parecieron querer
incrustarse en el banco. Su mirada seguía perdida, acompañada de una risa nerviosa y cejas arqueadas. Vos ya no, Enrique. Vos no podés estar acá. Se
aferró a la bolsa mientras la pareja la miraba y se reía sin esconderse. Sacó
un libro solo para abrazarlo.
Dos perros se acercaron y se alejaron de inmediato. Uno
ladró y el otro imitó el sonido, como queriendo agradarle a su compañero. La
botella seguía llena. El manto inmóvil.
Quién había gritado su
nombre? Un padre gritándole a la hija? Está de moda el nombre Sara? Quiso no
llorar y no pudo.
Pestañeó tres o cuatro veces. Este era tu lugar, no el mío, Enrique. Se peinó detrás de las
orejas y se levantó con paciencia. Tomó la bolsa mientras caminaba y dejó la
botella. La pareja de jóvenes no la vio irse. Dejó de ser importante. Sara pensaba en él. En sus domingos jugando a la
bochas, en el libro entero que le escribió y qué poca bola le había dado los
últimos veinticinco años, o ese último. El del ataque, el del viaje a
Bariloche.
Sara tomó el micro, y se sentó en el primer asiento. Qué
domingo.
El lunes entró a su despacho, su secretaria
apenas la saludó. El juzgado explotaba de papeles y algunos gritos se oían en
recepción. Sara bebió un poco de agua y sacó un libro de la bolsa. Leyó la
primer hoja, una frase en manuscrtio. Y sonrió.
por Ignacio Champane.

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