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El rey de la ofi

La Plata, 2020


No puede. Intenta pero no puede y lo llena de miedo. El recuerdo de la mañana del viernes lo sigue enmudeciendo a Emilio, hasta hoy, lunes 22 de octubre.

Hace un calor incómodo y desubicado y la oficina está llena. No hay trabajo. Emilio hace rato que va para no trabajar. Se podría haber jubilado hace tiempo, pero le encanta ir a hablar con sus compañeros, tratar de sentirse cómplice de los más jóvenes, contar anécdotas de lo que pasaba hace años en esa oficina, y de lo que no. Hablar, hablar y hablar. Pero hoy no. No puede.

Adrián se olvidó la corbata y Emilio no se dio cuenta. Su ladero Victor no lo podía creer, en su cabeza había encontrado la joda perfecta y la excusa de charla de toda la mañana. Afuera de la oficina había ochenta personas intentando que alguien les de bola, pero Victor se relamía con la cara de miedo de Adrián, el nuevito que no sabe lustrar un zapato y hoy parece que salió apurado.

Pero claro, Victor no podía joder solo, no tiene ni el carisma ni el imán con los demás que los años le dieron a Emilio. Así que lo fue a buscar para comenzar uno de los chistes más redundantes de todo el Palacio de Tribunales.

Pero Emilio casi no lo miró.

-Vení, Emilio, mirá el boludo de Adrián, mirá, vení. Se olvidó la corbata: García lo va a matar. Vení.

-No te puedo creer, qué boludo este Adrián- le contestó.

Víctor dejó el despacho marrón e iluminado de Emilio, que intentó esbozar una risa pero no le salió. Hacía tres días que su mirada apuntaba donde no debía mirar.

Es que ese viernes no había sonado la alarma aún cuando Emilio, como siempre, despertó boca arriba y se quedó mirando las vetas de las maderas del techo. Hacía unos años que ya no encontraba ninguna cara nueva formada en las vigas. Las maderas estaban cada vez más oscuras.

Intentó levantarse pero sintió un dolor en el pecho. No era fuerte si no se movía, pero se agudizaba si quería erguirse. Estoy atado, se dijo. Estoy soñando. No lo puedo creer, es imposible, nadie puede entrar, ¿que mierda es esto? ¿quién está en la casa?

Emilio dejó de pensar un instante y levantó la cabeza: su gato Rico estaba mirándolo fijamente, mientras se relamía, sus garras presionaban su pecho y abdomen, como cuerdas bien atadas sobre el cuero desvencijado de un sillón sexagenario.

Se aterró. Volvió a mirar el techo, nubló la mirada y esperó tieso que el gato se fuese.

Ese día no fue a trabajar. Ese viernes no habló con nadie. Lo invadió un miedo que jamás pensó que iba a sentir. Sus puños se cerraban completamente como cada vez que sentía temor. Pero nunca sintió tanto. Jamás había lastimado sus palmas así, con las uñas como enemigas.

-Dale Emilio! Ahí te preparo el mate pero vení, que está por llegar García- dijo Victor, entrando nuevamente en su despacho.

-Dame un segundo, que me tienen que llamar ahora. Escuchame, hoy no voy a ir a la cena. Pedile perdón a los chicos.

-Por qué? Cómo si tuvieras algo para hacer! – Dijo Victor mirando hacia la ventana.

- No. En serio. Me duele un poco la cabeza y mañana es otro día largo. Tengo que llevar a Rico a la veterinaria.

Victor no le respondió y dejó la puerta entreabierta.

Emilio no podía dejar de pensar en el gato. Aún con la mirada perdida fue hasta el cubículo de Andrea y tomó una tijera sin preguntar.

 - Permiso – Dijo, sin mirarla y alargando la O. Amagó a contarle lo que sucedía ahí afuera, no sea cosa que se pierda el show. Pero cuando terminó de amasar la idea de hablarle ya estaba en su propio despacho. Andrea lo detestaba, más de una vez lo encontró mirando hacia su escote, y se guardaba cada día una puteada más para lanzarle todas juntas el día que se vaya de la Receptoría General.

Emilio se encerró unos minutos. Afuera era todo risas ante el descuido del novato. Olvidarse una corbata era, en épocas de juventud de Emilio y Victor, excusa suficiente para que te manden a tu casa sin paga diaria, e incluso podían echarte. Pero García, el jefe de la oficina seguramente se reiría con los demás.

La puerta del despacho se abrió y Emilio salió con un sobre.

-Tomá Adri, me lo dejó hace un rato tu vieja- le dijo al veinteañero que, entre cansado y desesperado abrió el sobre con risa falsa y rapidez en los movimientos, y sacó una corbata hecha de papel, mal pintada de negro con una palabra escrita: BOLUDO.

Emilio lo había hecho una vez más. El rey de la ofi haciendo lo que mejor sabía hacer, hinchar las pelotas y joder a alguien, todo menos atender a las almas desesperadas detrás de la puerta. Alguno hasta incluso amagó a arrancar un aplauso.

Emilio volvió a su cueva. Agarró el celular de un cajón cercano, y llamó a su hermana.

-Cómo estás?-, fue lo primero que le salió. Del otro lado hubo silencio, salvo el tráfico entrecortado que sonaba desafinado.

-Mañana voy a andar cerca de tu casa, avísame si estas que paso a tomar unos mates- le dijo. La hermana cortó el silencio con un Dale, después te aviso. La llamada fue tan rara para ella, y que recuerde su dirección le pareció más extraño aún.

Emilio cortó y mandó seis Whatsapp: Un amigo de su antiguo barrio; Cristina, el amor de su vida que no fue ni parecía que sería; Carlos, el marido de Cristina; su antiguo jefe, con el que planearon abrir un Café enfrente al Palacio; su vecina Sandra, <<un amor Sandra, siempre está, quiere mucho a Rico>>; el sexto mensaje se lo mandó a su madre, que lo parió a los 19 años y hoy parece más joven que él.

A todos le mandó lo mismo: “Cómo estás?”.

Sus ojos se perdían en los rombos del piso del despacho. Ese viernes, maldito viernes. Quién dijo que están buenos los viernes? Emilio la pasaba mejor los jueves. <<Qué viernes ni qué viernes. Los viernes llegás cansado de trabajar y siempre tenés algún cumpleañitos pedorro de la hija de tu amigo que lo ves esa vez al año y encima tenés que gastar plata. >>

Pero ese día no fue angustia lo que sintió, tampoco cansancio. No podía dejar de pensar en su gato Rico. En cómo se paró hace un mes sobre el pecho se su perra Lola y lo fijo que la miraba. Lola no le pudo sostener la mirada. Tal vez buscaba figuras en el piso de ladrillo del patio. Emilio no podía dejar de pensar en cómo Lola murió tres días después.

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