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Soledad


Amaba su nombre. Básicamente porque nadie la conocía por él. Todos la llamaban Sol. Tal vez pensando que era Soledad, pero lejos estaba de serlo.


Solíamos dormir juntos, abrazados y destapados. Las noches eran hermosas; a veces pensaba que nuestros sueños iban de la mano, y despertaba mirándola de manera cómplice, aunque ella ni siquiera sabía las cosas que habían pasado por mi cabeza. Siempre despertábamos unos minutos antes de las siete treinta. Era preferible pasar diez o quince minutos mirándonos y riendo en silencio que dormir un rato más. Qué difícil era irse, pero nos despedíamos prometiendo cosas diarias y pasajeras. Conocía su fragilidad, pero evitaba pensar en ello.


Recuerdo aquel día con dolor y poca claridad. Esa mañana desperté curiosamente solo, y escuchando una radio regalada aprendí una nueva palabra. Un detalle menor dentro de un alba en apuros, pero es lo que recuerdo. Ella no estaba; no había mensajes en el teléfono, cartas, sobres. Nada. Aunque nunca me había dejado algo similar desde que estábamos juntos. Sólo estaba su ausencia, que se fue metiendo de a poco entre recuerdos de charlas y besos y se estacionó sin vergüenza en mi vida. No había nubes en el cielo y el ruido a ciudad que venía de mi ventana me hizo pensar que aquello no era uno de esos sueños en los que anhelaba encontrarla. Ese día la perdí, y nadie me podría despertar.

Sentimiento de temor.

A veces acostumbraba irse por un rato, sin avisar, aunque generalmente por las noches. La idea apaciguó la preocupación de mi mente, pero no la de mi corazón. Esa mañana, algo faltaba y algo sobraba. Las horas pasaron y la cama seguía igual. El atardecer cubrió con brisa del este las calles arboladas, y ella no volvía. Y no volvió.

Todos la llamaban Soledad; tal vez no quería creer que el equivocado era yo. Nunca pensé que jamás la volvería a ver. Hoy ya ni recuerdo cómo la llamaba, pero sé que era un error; que quise ponerle disfraces a un momento incompleto. Pero esa mañana lo asumí. Es difícil de confesar, pero puede que una vez que ya no la tuve, aprendí a ser feliz.

por Ignacio Champane

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