Se buscan aliados siempre. Un cable desacomodado sobre el suelo o un bicho que aún no sé el nombre. Los brazos de mi mamá o simplemente llorar.
Mis dedos aprietan con fuerza las maderas largas que no son madera, mientras de lejos se oye el momento, se oye como una murga que se acerca y se tersan mis patas chuecas. Lo oigo y lo siento. Todo es más liviano de lo que parece. Los monstruos que me rodean claman por mi ritual.
A sesenta centímetros del suelo son otros los vientos y me cuesta pararme, mantenerme en pie. Mi tambor ancestral de cuero que no es cuero pesa sobre mi cintura y me mancha de azul. Mi espalda desnuda comienza a sudar mientras muevo mis manos. Los gritos y la música ensombrecen los golpes secos y río para no llorar, porque otra cosa no sé.
Mis rodillas torpes no saben ir a ritmo, e ignorantes aportan lo suyo al ritual de sonrisas y carcajadas largas. Y río. No puedo parar porque no sé cómo se para. En un instante el techo de madera me mira de lejos con sus mil ojos negros y su luz alumbra mi salvación.
De a poco me acerco a ese cable que ayer no estuvo, los dedos de mi pierna izquierda apenas lo tocan: suficiente ayuda para desvanecerme sobre el suelo blanco y fresco, mientras las manos duras que forman el círculo aplauden al fuego. Me aplauden y sonríen, porque no saben qué otra cosa hacer.
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