La noche en Ushuahia es a veces noche y a veces amanecer. Javier miraba el cielo negro e intentaba despejar la cabeza de a sorbos. El lunes de esa semana, cuando fue a visitar a sus hijos a la casa de Marcela, su ex mujer, los encontró encerrados en un armario oscuro, llorando. Tuvo que romper la puerta de entrada, tuvo que encargar una nueva ese martes, y tuvo que denunciar a la niñera y buscarla por toda la ciudad con su Duna 93', que respondía como el primer día.
-Fue esa psicópata del norte-, le repetía a los oficiales, como si todos la conociesen así. Como si todos la odiaran como él.
-Quedate tranquilo, Javi, la vamos a encontrar. Dónde se puede ir?- le dijo Adrián, que además de comisario había hecho la secundaria con él.
-Pudieron haber muerto-, se repetía y miraba el techo desvencijado de la estación de policía. No hacía frío y la luna y el sol se acomodaban en un cielo que se cerraba y se cargaba de sombras.
El miércoles, Javier había tenido una fuerte discusión con Marcela en Puerto Almanza, mientras los chicos jugaban afuera del bar de motos al costado de la ruta. Alejados de la ciudad, ella insistía con viajar de igual manera a Buenos Aíres como tenían planeado, pese a todo lo que habían pasado.
-Nito y Mateo extrañan a sus primos, va a pasar ya un año que no vamos. Aparte se van a despejar de este momento feo-, le dijo Marcela.
Ella comió frutos de mar, Javier tenía cerrado el estómago. No sabía qué le molestaba más: quedarse solo; estar lejos de los hijos; haber confiado o que vayan para el norte.
Para Javier todo era el norte. Jamás había dejado la provincia. Cuando era chico, mientras aprendía a cabalgar y jugaba con su hermano con los tres caballos de la familia, vio cómo un hombre delgado con ropa apagada y cara angulosa había estafado a sus padres, que tuvieron que vender entre lágrimas la estancia donde pasó su infancia. El hombre delgado era de Buenos Aires, donde rogaba pasear Marcela. Ese verano la tristeza y las deudas se habían llevado a su padre y la familia se desplomó cada año un poco más.
-Vos quedate nosotros vamos a ir. Tuviste noticias de Gabriela? La encontraron?- le preguntó Marcela.
-Nada, Adrián me dice que creen que se cruzó a Puerto Williams.
- Algún pesquero tuvo que haber visto algo. Voy a hablar con Paulo, a ver si saben algo en Prefectura- le dijo ella.
- Yo la voy a encontrar. ¿Cómo confiamos en esa desgraciada?- Javier pensaba en voz alta. El miedo y la bronca que sintió el lunes lo acompañaron toda la semana. La niñera no se había llevado mucho dinero y sí algunas prendas de Marcela, pero pensar en lo que pudo haber pasado le dejó la mente como el cielo de ese día. -Bueno, el viernes los paso a buscar y los llevo al aeropuerto-, le dijo, más calmado.
-Dale, los chicos van a estar contentos.- contestó ella. Los niños no pasaban los diez años y estaban encantados con los cascos antiguos que el dueño del bar les hacía probar.
-No sé si van a salir aviones este finde. Mirá el cielo: se viene una fea.- le dijo. Luego hizo una broma con el precio de los pasajes baratos de madrugada que había sacado ella, y se despidieron con un abrazo fuerte y un beso.
Javier no miraba el pronóstico, miraba el cielo para ver cómo iba a estar ese día y los que venían después. Además, el pronóstico de la televisión pasaba sólo el de Capital Federal y Buenos Aires. Pocas veces podía confiar en que Ushuaia aparezca en el noticiero.
Ese viernes dejó de mirar el cielo y tiró una botella pequeña al baúl, que se encontró con otras más. Ya era medianoche y en dos horas salía el avión, siempre y cuando la tormenta de nieve espesa y los vientos fuertes lo dejaran despegar.
El Duna hacía malabares para no chocar con la nieve acumulada a los costados del camino. Zigzagueaba mientras aquel que odiaba el norte intentaba mirar al frente con los ojos entreabiertos. El camino lo conocía de memoria, pero la tormenta lo hizo desviarse un par de cuadras al sur.
Las botellas sonaban de fondo cuando de repente vio a lo lejos algo naranja. Parecía una mujer, pero lo que llamó su atención fue la campera, casi fosforescente que llevaba. Era una campera de Marcela, la que usaba siempre para viajar en avión, cuando el frío del fuselaje se ponía más crudo que el de la ciudad.
Sus ojos se abrieron por completo, aunque estaba cegado. El ruido de las botellas se dispersaron cuando el cuerpo de la mujer se estrelló en el parabrisas del Duna blanco que jamás detuvo su marcha.
Javier miraba hacia adelante mientras las astillas le cortajeaban las manos. Llegó a la casa de Marcela y apagó el motor. No bajó del auto. Intentó soltar el volante y no pudo.
Los niños salieron corriendo de la casa pero frenaron en un espasmo cuando vieron el auto, que lucía como en posguerra. Marcela subió al auto y miró fijo a Javier, que con sus ojos vidriosos le contó todo sin decir una palabra.
Mateo le preguntó a su padre qué había pasado, aguantando un llanto de no saber.
-Se me cruzó un caballo, Matu.- Dijo Javier, sin mirarlo.
El avión pudo salir entre la tormenta, y Buenos Aires los esperaba con los brazos abiertos. Mientras se acomodaban en los asientos, Marcela les quitaba uno a uno los trozos de vidrio en la ropa de los chicos.

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