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La foto.

Ese lunes estaba fresco pero había sol, y el tráfico en la calle Catorce había vuelto a un ritmo cercano a lo normal, espantoso, tras dos años de pandemia. En la esquina de Cuarenta & Siete, sobre todo, se agolpaban en horas pico varios autos en doble fila y las motos de delivery zigzagueaban constantemente entre peatones, perros y choques. Octubre comenzaba, también ese día en que Juan murió. 


Ese lunes se levantó de repente, mientras su gato Enrique lo miraba fijo, erguido, parado en su pecho. Juan lo acarició y Enrique clavó aún más las garras en su dueño por un instante, y escapó entre los barrotes de la ventana. Todavía había luna. Miró su celular y estaba apagado; había olvidado cargarlo por tercera noche consecutiva. Lo conectó, se levantó y se duchó, luego tomó un poco de café y salió con sus llaves, la mochila con ropa de trabajo, el barbijo y el celular al quince por ciento, que escondía la SUBE en su funda. 


Llegó a la parada y mientras asomaba el sol pensó en las madrugadas que pasó esperando al 202. Pero los lunes eran especiales. Los lunes Juan trabajaba, sí, como toda la semana, pero también iba a terapia. Y entonces los lunes no eran solamente lunes (con todo lo que Juan creía que significaba), sino que además pasaba las primeras horas pensando que diría en ese living de un piso tres, con balcón a la vista de la majestuosa Plaza Moreno de la ciudad de La Plata, con su catedral gótica y sus otros tantos edificios históricos que aún se mantenían de pie. Pero sin dudas, la Catedral era el monumento más adorado de la ciudad, así lo pensaba Juan.


Esa mañana, el 202 llegó media hora tarde. El chofer, mirando su celular y puteando a Dios, le indico con la mano a Juan ya la señora de atrás que pasen sin pagar. La máquina que cargaba los boletos parecía apagada. Juan se sentó y entre la bronca de llegar tarde y la confusión del chofer, se olvidó por un momento que era lunes y que además de ser lunes, debería ir a terapia. Así lo sintió, que debía ir. Jamás faltó a una sesión desde que había comenzado. La señora que subió junto a él, atravesó el pasillo hacia los asientos de atrás, mirándolo fijamente con tono serio y resoplando por la boca cubierta, pero Juan no le prestó atención.


El micro no se había llenado aún cuando el chofer comenzó a saltearse paradas y conducir cada vez más rápido. Se lo notaba bastante preocupado desde el espejo que reflejaba su cara. Diez cuadras antes, Juan tocó el timbre y pudo bajarse a tiempo, antes de que el 202 acelere casi como una coupé de picadas. 


Cuando bajó y miró su mano se dio cuenta que pasó todo el viaje con el barbijo como pulsera. ¿Había sido eso lo que enojó al chofer? Imposible, porque ya venía un tanto alterado. Pero seguro la señora lo miró así por este motivo. Aunque Juan no lo supo. ¿Y el gato? ¿Por qué lo miraba así Enrique, tan temprano? ¿Por qué presionó su pecho, como hundiéndolo en el colchón? Todas esas preguntas se hizo Juan, mientras llegaba al supermercado donde trabajaba hacía seis años. 


Como cajero, tenía jornadas cortas pero horarios rotativos, por lo que no le permitía tener otras actividades de manera constante. A Juan le gustaba fotografiar, así que los fines de semana que podía sacaba fotos para tres revistas de la ciudad a diferentes bandas que, de a poco, se volvían a presentar en los bares volvían a recibir gente y plata nuevamente hacía un puñado de semanas . Era amante de la fotografía antigua y tomaba fotos con una Rolleiflex a rollo, única herencia de su abuela Vivian. También se había comprado una más nueva, para poder enviar digitalmente algunas a las revistas, pero con su cámara analógica alimentaba una colección personal de momentos pasajeros desde su punto de vista. A cada imagen digital la editaba y colocaba su marca de agua propia: "JE". La "E" podía ser por su apellido o por su gato,


Mientras se cambiaba en el vestuario tomó su celular. Mandó tres whatsapp: a su amigo Walter, con quien se encontraría a la tarde en un bar del centro (esto, claro, si no se había muerto ese lunes); a su madre, que viajaba desde Córdoba en un bus de larga distancia; y mandó otro mensaje a su psicóloga, confirmando su asistencia, y avisándole que, una vez esté abajo, le avisaría por esa vía que había llegado. Ninguno de los tres mensajes se mandó. A Juan le pareció extraño que no tuviese nada de señal.


Llegó a su puesto y un supervisor se acercó a su compañera, Lorena, que estaba en la caja próxima, a unos dos metros de Juan. El supervisor le indico a la chica que hoy no iban a poder cobrar con tarjetas, ni tampoco otros medios de pago digitales. Cuando se acercó a la caja de Juan, este se adelantó al preámbulo y le consultó por qué. "No hay wifi, no hay señal, no hay cable, no hay Instagram, no hay Tinder. No hay nada Juan. ¿Dónde vivís?". Juan no entendió si fue un chiste general y pésimo o realmente eso sucedía. Cuando Lorena le confirmó que nada funcionaba, comenzó a preocuparse por los mensajes que había mandado más temprano. Los televisores planos de la entrada del supermercado visualización pantallas azules, hasta el mediodía, cuando la luz se cortó definitivamente. 


Faltaban dos horas para terminar la jornada, y todos debieron quedarse hasta cumplir el horario. Mientras, charlaban de situación extraña, que se daba desde la medianoche de ayer, en la que una a una se fueron cayendo, primero, las redes sociales, luego las líneas telefónicas y el cable, y ahora la luz. Juan se había dormido temprano, y no se había enterado de nada hasta que el supervisor le avisó. Entre los cajeron elucubraban teorías, y se cargaban entre sí por los mensajes que no llegaban. Pero era lunes, y como era lunes Juan sabía que además de todo lo que significaba, debía ir a terapia. Y además, tenía que ir. La semana había estado cargada de matices.


Las dos de la tarde llegaron y Juan fue caminando hacia la plaza Moreno, con la ropa de trabajo puesta. Fueron cinco cuadras donde Juan vio de todo, menos luces. En la esquina del supermercado, cinco patrulleros cortaban la calle mientras algunos policías entraban a un local de informática. Se escuchaban gritos. Pasó entre los patrulleros y notó que las radios no funcionaban. Miró su celular y ya se había apagado nuevamente. Cuando llegó a la otra esquina de la calle de los patrulleros, le pareció escuchar dos disparos y algunos gritos. 


La gente caminaba apurada y con el barbijo colgando sobre una oreja, o ni siquiera. De repente, todos se vieron imposibilitados de comunicarse con familiares o colegas, y nadie les explicaba por qué. Las expresiones en general eran de un oficinista que había perdido el único papel que su jefe pidió que no perdiera.


Una moto dobló bruscamente sobre la Avenida Trece y casi atropella a Juan; en cambio, no pudo girar del todo y terminó haciendo estallar una vidriera, desparramando botas y zapatos. Al instante, algunas personas se agolparon en el local y comenzaron a llevarse de a una o dos cajas de productos, al ritmo que Juan se alejaba y miraba a su alrededor, contagiándose de las caras de oficina que parecían no saber dónde ir. 


De repente comenzó a ver cómo la imagen se duplicaba en las calles, mientras que las sirenas de policía y bomberos se hacían notar de fondo, aunque parecían sólo hacer eso. Luego de esa esquina de la casa de informática, Juan no vio más policías. Sí vio a un niño de unos siete, ocho años, perdido, mirando al cielo. Cuando pensó en acercarse y dio dos pasos, el niño fue tomado del antebrazo por una señora de falda gris que lo obligó a correr hacia un auto. Ambos lloraban. Juan los siguió con la mirada, y en ese momento se dio cuenta que los autos dejaron de funcionar. Todos los vehículos se detuvieron al unísono, y la señora de la falda gris acompañó su llanto con gritos desgarradores, y no era la única. 


Juan entendió que la situación era grave, pero no le pareció que debía por esto postergar sus actividades. Además, la psicóloga siempre le había cumplido con determinadas actitudes. Por ejemplo: cuando Juan debía trabajar los lunes a la tarde, ella siempre encontró un lugar a la mañana para atenderlo, y una vez también lo hizo de noche. Juan debía ir, así lo siento, y aunque en la calle la gente se apuraba a llegar a algún lado también, él intentó tranquilizarse y caminar las dos cuadras que le faltaban para llegar. En ese momento, un estruendo magnífico se escuchó a sus espaldas, pero al darse vuelta no vio nada extraño. Parecía lejano.


Llegó a la Avenida Cincuenta & Uno que bordeaba un lado de la plaza Moreno. Cruzó la calle sin cautela, sabiendo que ningún auto o moto lo arrollaría. Debía cruzar en diagonal hacia el otro extremo, pero la plaza estaba llena de personas, como nunca, y la imagen lo cautivó al tiempo que le generó cierto apuro. Miles de niños y adolescentes uniformados de distintos colores, se paraban en fila, mirando a la catedral. Algunos se reían pero otros lloraban, gritaban, incluso algunos corrían fuera de la plaza en dirección a sus casas, perseguidos por preceptores y profesores. Juan se hizo camino entre los surcos de las filas casi perfectas, ya la mitad se paró sobre la Piedra Fundacional, centro de la plaza y de la ciudad entera. De un lado podía ver cientos de guardapolvos blancos en las escalinatas de la Catedral. Del otro, civiles y en su mayoría policías cercaban la Municipalidad. Juan tomó su cámara y quiso fotografiar, pero la cámara nunca se prendió, como tampoco los semáforos, ni los celulares, ni los autos. Juan rotó sobre su cuerpo y embelleció sus ojos con una imagen única de una ciudad que parecía sitiada ya la vez llena de vida. Por suerte, llevaba su Rolleiflex a todos lados, así que sacó unas cinco fotos desde la piedra, apuntando hacia diferentes enfoques.


Recorrió un cuarto de camino más, pero ir a terapia ya quedaba chico para su mente, sólo quería fotografiar aquel lunes, que estaba fresco y había sol y ya no se parecía en nada a cualquier otro lunes. Estaba viendo cómo miles de niños se juntaban en la plaza más grande de la ciudad, mientras algunos padres llegaban. Cómo los autos se detenían en el tiempo. Los micros, los taxis. Cómo saqueaban algunos comercios. Cómo lloraban, reían, gritaban, se apuraban y frenaban. Cómo miraban al cielo. Nadie entendía lo que pasaba ya la vez todos querían guardarse en su memoria ese instante de incógnita. De a poco perdió el sentido correr, hasta caminar. 


Juan dobló a su izquierda y encaró directo para la Catedral. Encontró a dos niñas abrazadas mirando al monumento y las fotografió de espalda. Llegó a la puerta enorme de madera, pero la cantidad de gente a su lado no le permite sacar una foto general de la plaza. Se colgó la cámara y dejó la mochila en el suelo. Las columnas que rodean la puerta central eran bajas, y se erguían sobre ellas dos gárgolas. Juan trepó sobre ellas. Una parecía un gato con alas. Recordó a Enrique y sus garras que lo hundían en la cama. ¿Era eso lo que le estaba avisando? ¿Le estaba recomendando que no salga de esa habitación? ¿Que no iba a funcionar Instagram durante todo el día? Mientras Juan lo meditaba y subía casi dos metros, se reía de sólo pensarlo.


La imagen era esplendorosa. De lejos se notaban focos de humo, de incendio, apenas tapados por la municipalidad. Los niños mirando a la catedral divisaron a Juan, y de a poco toda la plaza parecía saludarlo. Juan movía sus brazos como todos ellos y mostraba su cámara, iba a sacar la foto de su vida. No una, sino varias. De repente todos lo miraban, todos lo estaban saludando. Todos. Gritaban. Miles de voces. Por momentos era un mar agudo de voces de niños y de pronto alaridos. Y Juan fotografiaba sin parar, aunque le quedaban pocas impresiones al rollo. De a poco la gente sólo lo miraba por encima de sus hombros, e intentaba correr, y se caían, y se agolpaban hacia las puertas de la Municipalidad y se pisaban entre sí. Y las filas se rompían y los gritos eran sólo alaridos. Con el ojo en el lente, Juan no podía ver cómo la gente corría y se alejaba de él, de la Catedral, y del avión envuelto en humo que se incrustaba en los ladrillos colorados del monumento más adorado de la ciudad. 

Por Ignacio Champane 

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