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Las vigas

Las Vigas.

"¿Todo ruido te hará sentir vivo?"  Pensaba mientras observaba el techo a dos aguas de la casita de mi abuelo. Alguna vez escuché que el sindicato ferroviario se la regaló en los sesenta. Pero él decía que la alzó con sus propias manos, junto a la abuela. Y le creo, porque era muy bueno tallando y haciendo diferentes actividades con sus manos. "La abuela sabía mucho", decía. Era alemana y en la colonia donde se crió estaba encargada de armar las estructuras triangulares para que descansen las vigas del comedor comunitario y otros edificios, y lo mismo hizo en esa casita. Pero la belleza de saber que fue hecha por ellos se desvanecía de noche, cuando me quedaba a dormir allí. Es que las maderas me rodeaban y no me dejaban dormir, y nunca se lo pude contar a nadie, hasta hoy.

Desde el colchón del comedor se escuchaba la pequeña radio en AM del abuelo, que sonaba en su habitación. Nunca se apagaba, entonces yo me acostumbraba a ese sonido del que distinguía algunas palabras, y de repente ya no le prestaba tanta atención. Pero sí observaba a las vigas de madera. Nunca supe de qué madera eran, pero siempre me fueron familiares. Yo las miraba porque ellas me miraban. Nunca se lo conté a nadie pero así lo hacían. Y esos ojos eran negros y profundos como los nudos de un viejo árbol, desparejos; algunas vigas tenían más de dos ojos y muchas bocas y, repito, no dejaban de mirarme.

La abuela me acostaba boca arriba y se molestaba si al amanecer despertaba en otra pose, aunque eso no ocurría muy a menudo. Primero acomodaba mis piernas hasta el borde de la cama, luego me cubría con las sábanas hasta la altura de mi pecho, entre las axilas, y colocaba mis brazos rectos a los lados de mi cuerpo. En oportunidades, cuando no me miraba a los ojos, dejaba caer un mi cabeza sobre mi hombro izquierdo, para que se enojara y se riese, pero a veces se enojaba mucho, mucho, y me puteaba en alemán, o me hacía comer arroz con leche a la mañana siguiente, sabiendo que no podía. Sabiendo que manchaba mi trajecito de todos los días y dejaba mi boca desprolija y sucia hasta el almuerzo. Sabiendo que si me dejaba así, las marcas perduraban y ella rasgaría mis labios con toda fuerza, hasta casi hacerlos desaparecer. No hablaba mucho la abuela, mucho menos sonreía. No me hablaba de mi madre, tampoco. Su acento la avergonzaba, también su pequeña casa, su tosco esposo, su sucio delantal y su opaco barrio de casitas de tejas que alguna vez fueron rojas. Pero no hablaba mucho, así que no lo decía. Todo se notaba en su mirada, que a veces atemorizaba, como los ojos de las maderas.

Allí me encontraba bien. En lo de la abuela y el abuelo me sentía en casa. Siempre había un olor similar, mezcla de vejez con tuco y humedad. Las columnas de madera no eran mucho más altas que mi abuelo, que dentro de la casita parecía un oso con anteojos. De tarde me enseñaba algunos trucos de magia con servilletas, que ya olvidé. Y a las ocho y media, luego de haber cenado, las luces se apagaban, el viejo resoplaba y la abuela me llevaba hasta la cama y me acostaba como siempre, boca arriba, sábanas por debajo de mis brazos, y me dejaba solo, con la radio AM sonando de lejos y los mil ojos que procuraban que no me dé vuelta.

A veces pensaba que a mi abuelo también le daban miedo las vigas, pero él era más fuerte y podía defenderse. Es que ponían caras aterradoras, y más de una vez me daba cuenta de que los ojos cambiaban de lugar. Había un momento en el que podía relajarme y me atrevía a dormir sin cerrar los ojos, y era allí donde comenzaban los alaridos y los golpes. Porque no era el típico sonar de la madera que parece desperezarse, eran gritos de dolor de esas bocas negras abiertas, que me llamaban por mi nombre, y también a mis abuelos, que parecían no escuchar. Yo las enfrentaba con la mirada y a veces dejaban de gritar. Y en el medio de la noche, sin tormenta ni viento, volvían a estremecerse y parecían pedir que las abrace con mis brazos imposibles, burlándose de mí. 

La ventana del comedor dejaba entrar la luz de los faroles de la calle, que alumbraban el espectáculo. Miles de surcos abiertos, algunos sonrientes, otros sorprendidos, susurraban inexplicables palabras con voces desgarradas y casi sin fuerza, luego tomaban aire y se hacían oír más fuerte; los ojos negros y desparejos viajaban de norte a sur, siempre mirándome. Mi cuerpo se tensaba y no podía gritar, nunca. Tal vez por la eterna duda de saber si era un sueño o realidad que esas bocas me hablaran. Tal vez por sentir que mi cuerpo vibraba igual que esas voces, debajo de las sábanas y mi trajecito de todos los días. Mis brazos inmóviles buscaban llegar a mi boca para evitar gritar, pero no se movían. Y mi boca se moría por llamar al abuelo y a la abuela. Yo me moría por llamar al abuelo y a la abuela. Pero no podía. Y los alaridos seguían en mi cabeza y esos ojos me vigilaban hasta que se hacía de día y me preparaban una vez más para ir a desayunar al jardín. Debo confesar que, algunas noches, sentía astillas en mis manos de la fuerza que hacían, cansadas de no poder tapar mi boca, que parecía ser una más de aquellas de las vigas. No hay nada que me haga sentir más vivo que el crujir de las vigas. El crujir de mi pecho.



Por Ignacio Champane 

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