Él siempre dice que son como collares. De esos que pesan, que sentís que los tenés puestos. Dice que son ellos los que a veces no te dejan ver, de tanto que te pesan en el cuello. Podríamos pasar una noche entera llamándolos de mil maneras, pero ninguno será como ese nombre.
Con Mauro nos encontramos cada jueves en el Café Portofino, que con sus puertas altas de maderas de cedro engalanan una esquina que es oscura hasta de día. No se puede pedir más que un tostado con jamón y queso y un café doble o cortado, pero cumple las veces de bar tranquilo. Y porque lo hace, es que terminamos allí, luego de recorrer cafecitos, cada jueves anterior.
No tiene mucha explicación el día en el que nos juntamos. Calculo que uno piensa que el otro debe hacer alguna cosa. Y generalmente las cosas se hacen: lunes, miércoles y viernes. Qué sé yo. Nos gustó el jueves. Entre gente de collares nos entendemos, a veces sólo con una mirada de reojo.
Con Mauro hemos compartido más que un café semanal. Pero, hoy: ¿para qué más? Es lo bueno de la amistad, se cultiva de a ratos, sin urgencias, siempre sabiendo que se volverá a regar algún día, algún año. Si no, no la hay, y ya. Siempre fuimos dos sin vueltas, de vidas tranquilas. Salvo, claro, esos trece meses de mierda donde nos vimos todos los días, cara a cara, entre un mar de emociones y sonidos de película; donde todo pesaba menos nuestros cuerpos.
Pero en el cafecito no hablamos de esos años. Ya lo hablamos bastante, con otra gente. La semana pasada fue de fechas especiales y recorrí varios colegios, por ejemplo, hablándole a los pibes y a las pibas, que me miran como yo miraba a su edad, sin entender nada de lo que les hablo, pero en circunstancias un poco distintas. Mi escuela fue distinta, también la de Mauro, pero no hablamos de esos años. ¿Para qué, ahora?
Como tuve que asistir a algunos actos y demás cuestiones, el jueves pasado no pudimos encontrarnos. Así que hoy será un día especial. En quince días, algo tuvo que haber pasado. Y si no a él, pues a alguno de la barra. Ya me imagino y me río. Cada anécdota tonta de alguno de los personajes del grupo de amigos de siempre, termina con Mauro mirando al cielo, o mirándome, tocándose el cuello. "Les faltan los collares, Manuel", me dice. Nadie entiende. Sólo yo. Y me río con vergüenza, sabiendo que tiene toda la razón.
Cuando Mauro tenía quince años, se levantó de una siesta un miércoles de noviembre bastante soleado. Lo despertó un llamado que nadie atendió. Se levantó y caminó hasta la cocina, y lo vio a su padre acostado boca abajo. Su cabeza casi tocaba el bajo mesada y parecía abrazar una almohada invisible con sus brazos gordos. No hacía tanto calor, pero Mauro recordó cuando de chico (de más chico), juntos se tiraban al piso blanco de la cocina para hacerle frente al calor. El suelo de baldosas estaba siempre fresco, y era un placer dormir allí unas horas. El papá de Mauro parecía estar así, pero jamás se despertó y cuando Mauro dio vuelta a su padre y vio sus pómulos morados, se calzó su primer collar, según sus palabras. Quiso cerrar un ojo abierto y no pudo, y se alejó bastante. Corrió hacia la puerta abierta a llamar a algún vecino que le confirmara que su padre había muerto.
Pero, con los muchachos, cuando nos juntamos un sábado o un viernes, jamás les contamos estas cosas. ¿Para qué? Curiosamente son sus hijos los que más se interesan en nuestro pasado, en las historias que escuchan en la tele de barcos enormes e islas congeladas. Pero con Mauro, sin mirarnos, sabemos que en vez de aburrir o destruir a los comensales, debemos salir airosos con algún chiste, y seguir. Esos treces meses nos calzamos varios collares con Maurito.
Tres años más tarde de la muerte del papá de Mauro, mientras nos enterábamos que teníamos que partir en barco para el sur, juntos, llegó mi primer joya. En esos días, mi madre falleció de cáncer, y nada pude hacer para ayudarla o siquiera abrazarla. Mi único y primer gesto heroico fue ocultar la noticia de mi partida. Fueron cinco meses intempestivos, donde crecí de golpe, pienso, mientras mi cuello se recargaba de dolor con cada marca de los nuevos eslabones, sin saber que tendría que soportar aún más.
Después de eso, con Mauro hablamos noches y noches bajo el calor de una vela, por lo general embarrados, recostados, mirando un cielo que jamás volvimos a ver. Trece meses mirándonos las caras, sintiendo los mismos olores. Los olores... por favor. El metal, el humo, la pólvora, el sudor y la mierda dejaron de tener el mismo sentido después de esos años. Me hacen acordar a vos, me dice Mauro, cada tanto, y nos reímos. Pero más de eso, no hablamos. No nos hace bien, supongo.
Hoy pienso contarle una vez más ese sueño recurrente, que ayer volvió. Yo sé que no le gusta que hable de estos temas, pero es un sentimiento tan puro y real lo que percibo al despertarme, que Mauro es la única persona que podría llegar a sentir lo mismo. Me despierto ansioso, porque siento que lo vivo, así lo siente mi corazón.
Siempre comienza igual: De un momento a otro, estoy sobre tierra y charcos, caminando descalzo, y los árboles que me rodean, desaparecen de a uno. Hay viento pero no vuela polvo, y veo todo con claridad.
Mis manos sujetan algo. Mi casco parece un balde antiguo con restos de cal y Mauro, igual vestido que yo, descansa asustado contra la pared de una esquina. Espera en cuclillas que alguien aparezca para matarlo y continuar la marcha. Escucho el viento y lo siento en mi cara.
Mis armas parecen de juguete, y las ruinas que me rodean son de barro. Mi compañero está agitado y detrás de él veo un campo gris, difuminado. Lo conozco, el campo no es tal cual lo recuerdo, y mi compañero no se viste así. Nunca, salvo esos meses. Mauro no me mira a mí, sino al suelo, esperando una sombra cautelosa que no sepa que caerá.
Sin mover la mirada se recompone, y apoya su pistola sobre mi sien. Al instante estoy a su lado esperando que mate a mi sombra. Dispara.
Pero cuando tiene que terminar todo, como terminó tantas veces, esto apenas comienza. En el sueño, que si se comportara como las otras veces que lo tuve, tendría que desaparecer con el impacto, sigo de pie y siento un dolor que jamás sentí.
Mi balde no frena la bala, que ahora dentro mío provoca un espasmo agudo, como de toda la angustia de mi vida junta y contenida. Así se siente. Y el dolor ahora quiere salir, pero no sabe por dónde.
Sin fuerzas, intento dar un paso. Mis pies en la tierra clara se afirman mientras mis manos intentan detener todo lo que sale por mi boca. Esto tendría que haber terminado. El campo me envuelve de a poco y me doy cuenta que son girasoles. Mi dolor no se oye entre las ruinas y ya de noche acaricio mis rodillas.
Con lágrimas y abrazándome, voy despertando de a poco. De todas maneras, sé que Mauro me escuchará una vez más, café en mano, y con mirada cansada y una ceja arriba me dirá lo suyo. Lo de siempre.
-Son los collares-, me dirá, -los que te dejan seguir viviendo, allá y acá. Los que te pesan para hacerte sentir vivo, y los que no te van a dejar ir.-
Por Ignacio Champane
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