No era de día, pero desde afuera venía una luz cansina que se colaba por la única ventana del baño. A ella la aterraba. No sabía qué significaba, así como tampoco esos ruidos que parecían motores grandes y cercanos.
Cerró los ojos y quiso sentir cada gota cayendo sobre sus manos, su cabeza y su cuerpo, hasta que por un momento logró olvidarse de todo lo que pasaba a su alrededor. Y viajó.
Es que su mente se fue de esa bañera, de ese cuarto; también de la casa. Emprendió un vuelo hacia la búsqueda del recuerdo más hermoso que pudiera darle fuerzas para alejar las pocas malas pero profundas situaciones de hoy, de ayer. Pero aquel estaba oculto, era incierto. Fue a buscarlo sin saber que existía.
Su mente deambuló sin medida de tiempo, y el camino fue largo. Pasó por una esquina descuidada en la que se alojaban lamentos de una vida que no fue, de un futuro que no prosperó. Se mostraban llenos de odio, incluso uno trató de atacarlo con su arma más poderosa: el deseo de ser.
Pero ella siguió a paso firme, mientras momentos cortos de vida cotidiana pasaban sin respetar señales por los callejones de la memoria. Algunas canciones se colaron en el viaje. Melodías de una infancia feliz la acompañaron hasta otro paraje.
Buscó en un sótano, propiedad de la imaginación (según un pequeño cartel rojo que había en la puerta doble de madera), algo que ayude a olvidar ese presente. El instante más trascendente de una vida completa. Encontró varias ideas, pero ni todas juntas podían tapar una realidad latente, que fuera de la bañera aterrorizaba a aquella que cada tanto sentía gotas en su cabeza, y cada vez más pesadas.
Su mente siguió y las melodías se disiparon. No se escuchaba nada, ni tampoco se veía mucho. Cuando ya se disponía a regresar, roja de vergüenza y con el miedo de ser real, una voz le susurró un nombre. Un nombre que desató un sin fin de recuerdos mágicos más fuertes que cualquier idea del corazón. Seis letras que significaron algo más que una simple palabra.
La mente encontró un recuerdo imborrable que se encontraba inmóvil, detrás de pares viles, y llenó de alegría el camino a casa. Aquella que sentía las gotas caer por su cuerpo, vio feliz cómo el recuerdo volvía a darle algo que había perdido. Se sintió tranquila, sabía hacia dónde iba su mente. El próximo viaje ya no lo haría sóla, y las injusticias a los pies del afuera se sintieron ridículas. Rojas de vergüenza.
La luz se apagó lentamente.
por Ignacio Champane

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