La mujer más hermosa del mundo tiene ojos marrones que tal vez no llamen la atención, pero en complicidad con la sonrisa, apostada inmóvil apenas por debajo, se vuelven imborrables en la memoria.
Es increíble, pero siempre sale bien en esas fotos de cumpleaños o de alguna juntada con sus amigos que jamás lucirán en un marco; aunque el día no haya sido el deseado y los recuerdos de momentos vanos recorrieran su mente, su calma allí se presenta, ante un flash repentino o comentarios atentos de cualquier otro.
Claro, así es fácil decir que es la mujer más hermosa. Pero es que también tuve la fortuna de verla llegar a su casa, tarde a tarde, cuando su bolso traía libros gordos y fracasos de una vida prestada, como ajena. La vi encorvada, yendo a bañarse, mientras escondía lágrimas con su cabello castaño hasta los hombros. Inocente, frágil, irresistible. A veces desesperada al no encontrar respuestas; pero, bueno, seguía siendo hermosa.
Dos o tres décadas son suficientes para que los fastidios se vuelvan rutina y las decisiones cruciales. Hacía un par de años que por su cabeza daba vueltas la idea de que el camino que tomó, recién salida de una vida tranquila de promedio nueve, no era el que la haría feliz. Es que ella soñaba en grande. Quería tener su hermoso parque en su linda casa, para que corrieran sus seis o siete hijos. Anhelaba llegar temprano del trabajo para verlos jugar, con esos ojos marrones que refutan mi razón. Pero apareció el tiempo. Ése que le demostró que un error podría dejarla allí, nada más que en el deseo, sentada en ese parque ilusorio pensando qué habría sido si hubiese elegido seguir a su corazón.
Pero el tiempo le guiñó un ojo sabiendo que podía ser amigable con ella. Y aprendió a medirlo, a dejar que pase, sí, pero no sólo. Y un tres de agosto lo decidió. Decidió que no quería llegar a la cama para llorar la noche entera porque mañana seguiría todo igual. Todo gris. Esa noche, mientras dos o tres flashes la sorprendían en un cumpleaños, entendió todo.
No había razón para luchar tres, cuatro, tal vez diez años entre inercia, libros y hojas marcadas por madrugadas de café tibio. No. Ese tres de agosto su cabeza giró. Y hoy, sin esa vida que alguna vez quiso tener sin darse cuenta que no era suya, ella es feliz, sin parque, ni todavía hijos. Por supuesto (y doy gracias por ello) que sigue soñando, pero disfruta haciéndolo, ya no pesa pensar en lo que vendrá.
Pude verla crecer, llorar, bañarse, cenar, hablar, pero al final siempre sonreír. Ella, y lo afirmo sin haber salido de Buenos Aires, es la mujer más hermosa del mundo. Y cada noche promete que me ama.
por Ignacio Champane
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