"Hubo algo que vino a mi mente y no dudé en soltarlo"
Así comenzó mi charla con Eugenio Chávez Durán. Según su relato, había pasado los últimos años dando vueltas por cárceles de la provincia de Buenos Aires y parecía ansioso por contar algo anterior a su última aventura. Corría enero (en realidad ya se iba), eran las cinco de la mañana y ya no iba a poder dormirme.
Algunos gorriones de voz aguda ayudaron a mi desvelo y bajé a la calle con mate en mano mientras esperaba junto a las aves los primeros rayos de sol. El televisor quedó prendido al igual que alguna luz. Fue en ese momento donde lo vi.
Con un bolso verde opaco prominente a cuestas y un muro gigante en sus espaldas, Eugenio se acercaba por la calle empedrada mientras se reía del comentario de un oficial, al que saludó, y dirigió la mirada al portón cerrado sin dejar a un lado su mueca alegre. Por la oscuridad no se podía ver mucho, sólo se distinguía un sombrero panamá y camisa clara, algo manchada, haciendo juego con su tez de té y sus pantalones tres cuartos de jean. De igual modo, el bolso fue lo que más me llamó la atención. Era enorme.
Eugenio venía despacio y llegando a la esquina vio que yo lo miraba sentado desde el cordón pintado de amarillo. Sospecho que se sintió intimidado, ya que fui testigo de su procedencia. Fue así que soltó las primeras palabras de la conversación:
-Hubo algo que vino a mi mente y no dudé en soltarlo-, me dijo.
Sonreí de compromiso y me paré, casi como un mecanismo de defensa ante un desconocido que venía a hablarme. Me sentí un niño ante la espontaneidad de su frase y su prepotencia, en algún sentido apacible.
No emití respuesta, ya que no entendí bien lo que me quiso decir. Pareció una confesión a medias, sin sentido ante la falta de diálogo anterior, como tratando de explicar por qué había cruzado ese portón enorme con ganas de no volverlo a cruzar jamás. Sus párpados arrugados, antesala de gruesas cejas canosas, se cerraban lentamente mientras hablaba, y le hacían compañía a una sonrisa de costado que no se iba de esa cara pálida y única. Dejé de mirarlo. Volví a sentarme, y parecía que ese sujeto extrañamente curioso no tenía ganas de irse.
Vivir en la esquina de una prisión te hace presenciar actos que en un barrio convencional de La Plata, de Cuzco o de Toledo tal vez no pasen. Las alarmas suenan a toda hora, seguidas de ambulancias que parecen tener una veintena de años de traslados, saliendo a contramano por las estrechas calles de Villa Elvira. No hay horarios de visita pautados para las excursiones al Hospital San Martín. En los almacenes cercanos se escuchan historias macabras, con utensilios de por medio, y algún arma fabricada cuidadosamente por los "internos"(así los definían, cigarro en boca, los empleados de la penitenciaría que parecían golpearse el pecho con orgullo contando relatos que generalmente terminaban en muerte).
Varias veces me topé con muchachos jóvenes perdidos en la esquina de mi casa. Los bolsos en la espalda eran una constante. Pero nunca me había detenido a hablar con alguno como con Eugenio. Salvo cuando a menudo se acercaban y preguntaban dónde pasaba el tren, o algún micro que los dejase en la capital. Indicándoles como podía el camino a la avenida más cercana que los derive a la estación, me despedía de ellos, que por poco corrían para no ver más esas paredes blancas, tan altas como edificios, pintarrajeadas con aerosol y barro. Desde lo más alto del muro, siluetas negras levantaban la mano para saludarlos, o para hacerles algún gesto obsceno. Ninguna situación o encuentro pasó de eso, de un intercambio corto de frases hechas y agradecimientos.
Pero este hombre vino directo a mí, a las cinco de la mañana de un veintidós de enero, diciéndome que soltó algo que se le vino a la mente, sin dudar. Seguido de esa frase, y ante mi discreto silencio, se presentó:
-Mi nombre es Eugenio Chávez Durán, para servirle.- Soltè otra risa, esta vez un poco más falsa que la primera.
Con clara intención de caer bien, preguntó por mi nombre y respondí, al tiempo que le ofrecí un mate. Habrá entendido que le ofrecí sentarse a mi lado, porque así lo hizo, arremangándose los jeans tres cuartos y sosteniendo el gorro con su mano izquierda, la cual lucía un brillante anillo aparentemente bañado en oro.
No me molestó que se sentase un rato: mi insomnio se había acentuado en el último mes, y con frecuencia si estaba acompañado olvidaba por qué estaba despierto. Lo que sí me sorprendió fue que contrariamente a los que evitaban mirar para atrás, hacia el gigante conocido que sólo les traía malos recuerdos, Eugenio se acomodó en diagonal al portón, al lado de un desconocido a tomar un mate amargo.
-Allá adentro los hacen mejor- Bromeó, acomodando la bombilla. -No se me enoje, ¡eh!
Reí nuevamente, pero esta vez con la mirada perdida en el asfalto, pensando en la frase con la que se presentó. Por un momento sentí un deja vù; me convencí que ya lo había escuchado antes y a él también lo había visto, tal vez en un sueño. Lo cierto es que ese sombrero de paja y la frase iban de la mano en un recuerdo que bien podía ser un engaño de mi mente desvelada.
Me devolvió el mate casi lleno. Realmente no le había gustado.
Pasó una hora y Eugenio ya me había contado varias historias acontecidas entre los muros blancos, aunque no pronunciaba palabra sobre su error, sobre el por qué de su estadía en la Unidad. Me contó de Chicho, el "Negro John", Pérez, del "pendejito platense" que caía bien a todos. Un compañero de celda oriundo de la ciudad parecía una rareza, según Chávez Durán. Pero de a poco fui desconfiando hasta de su propio nombre. En dos o tres oportunidades se contradijo con historias cursis y típicas de jaula, casi como de película. Pero yo seguí su juego al ritmo pausado de su discurso. A ese punto quería saber más sobre su historia, por lo que comencé a indagar.
Resultó ser que era mexicano de nacimiento, y que a los seis años se vino para la Argentina con su padre, muerto hacía unos diez años. Reacio a desplegar mis antecedentes cotidianos ante un extraño ser, preferí envolverlo en preguntas hasta que se canse de una vez por todas y decida preguntarme al fin dónde quedaba la estación de trenes.
Desde dentro del penal, la alarma comenzó a sonar con insistencia, pero no pareció molestarle a Eugenio tanto como a los vecinos linderos que más de uno encendió el velador. Con la chicharra de fondo, ese hombre del bolso verde que se acercó a mí un veintidós de enero contó un par de historias más, eludiendo mis preguntas incómodas y el que se cansó fui yo.
-¿A qué se refirió con lo que me dijo al principio?-, pregunté.
El portón marrón de la prisión se abrió de repente y el ruido a motores y sirenas se acentuó.
- No se de qué me está hablando, patrón.- contestó Eugenio.
Lo último que recuerdo es el sonido de una ambulancia y dos faroles a dos metros, mirándome como los ojos cansados de Eugenio, envueltos en incandescencia.
Desperté en febrero con una lucidez atípica. Dolores de todo tipo, recuerdos de aquella noche y mi novia sentada a mi lado se mezclaban en una sala blanca, como los muros de la cárcel. Pensé en el pobre mexicano. Ése que no pudo disfrutar ni dos horas de libertad que ya se lo había llevado puesto la realidad. Ella preguntó cómo me sentía, con lágrimas en los ojos. Mis preocupaciones eran otras.
-¿Sabés algo de Eugenio Chávez Durán?- Pregunté.
-¿De quién?
-El mexicano, el que estaba sentado conmigo.
-No estabas con nadie, amor. Al menos, nadie más estuvo herido.
Otra vez, mi mente desvelada me había engañado. El mexicano era rápido? Pensé. O las películas de madrugada y el insomnio pueden llevarse peligrosamente bien?
Así comenzó mi charla con Eugenio Chávez Durán. Según su relato, había pasado los últimos años dando vueltas por cárceles de la provincia de Buenos Aires y parecía ansioso por contar algo anterior a su última aventura. Corría enero (en realidad ya se iba), eran las cinco de la mañana y ya no iba a poder dormirme.
Algunos gorriones de voz aguda ayudaron a mi desvelo y bajé a la calle con mate en mano mientras esperaba junto a las aves los primeros rayos de sol. El televisor quedó prendido al igual que alguna luz. Fue en ese momento donde lo vi.
Con un bolso verde opaco prominente a cuestas y un muro gigante en sus espaldas, Eugenio se acercaba por la calle empedrada mientras se reía del comentario de un oficial, al que saludó, y dirigió la mirada al portón cerrado sin dejar a un lado su mueca alegre. Por la oscuridad no se podía ver mucho, sólo se distinguía un sombrero panamá y camisa clara, algo manchada, haciendo juego con su tez de té y sus pantalones tres cuartos de jean. De igual modo, el bolso fue lo que más me llamó la atención. Era enorme.
Eugenio venía despacio y llegando a la esquina vio que yo lo miraba sentado desde el cordón pintado de amarillo. Sospecho que se sintió intimidado, ya que fui testigo de su procedencia. Fue así que soltó las primeras palabras de la conversación:
-Hubo algo que vino a mi mente y no dudé en soltarlo-, me dijo.
Sonreí de compromiso y me paré, casi como un mecanismo de defensa ante un desconocido que venía a hablarme. Me sentí un niño ante la espontaneidad de su frase y su prepotencia, en algún sentido apacible.
No emití respuesta, ya que no entendí bien lo que me quiso decir. Pareció una confesión a medias, sin sentido ante la falta de diálogo anterior, como tratando de explicar por qué había cruzado ese portón enorme con ganas de no volverlo a cruzar jamás. Sus párpados arrugados, antesala de gruesas cejas canosas, se cerraban lentamente mientras hablaba, y le hacían compañía a una sonrisa de costado que no se iba de esa cara pálida y única. Dejé de mirarlo. Volví a sentarme, y parecía que ese sujeto extrañamente curioso no tenía ganas de irse.
Vivir en la esquina de una prisión te hace presenciar actos que en un barrio convencional de La Plata, de Cuzco o de Toledo tal vez no pasen. Las alarmas suenan a toda hora, seguidas de ambulancias que parecen tener una veintena de años de traslados, saliendo a contramano por las estrechas calles de Villa Elvira. No hay horarios de visita pautados para las excursiones al Hospital San Martín. En los almacenes cercanos se escuchan historias macabras, con utensilios de por medio, y algún arma fabricada cuidadosamente por los "internos"(así los definían, cigarro en boca, los empleados de la penitenciaría que parecían golpearse el pecho con orgullo contando relatos que generalmente terminaban en muerte).
Varias veces me topé con muchachos jóvenes perdidos en la esquina de mi casa. Los bolsos en la espalda eran una constante. Pero nunca me había detenido a hablar con alguno como con Eugenio. Salvo cuando a menudo se acercaban y preguntaban dónde pasaba el tren, o algún micro que los dejase en la capital. Indicándoles como podía el camino a la avenida más cercana que los derive a la estación, me despedía de ellos, que por poco corrían para no ver más esas paredes blancas, tan altas como edificios, pintarrajeadas con aerosol y barro. Desde lo más alto del muro, siluetas negras levantaban la mano para saludarlos, o para hacerles algún gesto obsceno. Ninguna situación o encuentro pasó de eso, de un intercambio corto de frases hechas y agradecimientos.
Pero este hombre vino directo a mí, a las cinco de la mañana de un veintidós de enero, diciéndome que soltó algo que se le vino a la mente, sin dudar. Seguido de esa frase, y ante mi discreto silencio, se presentó:
-Mi nombre es Eugenio Chávez Durán, para servirle.- Soltè otra risa, esta vez un poco más falsa que la primera.
Con clara intención de caer bien, preguntó por mi nombre y respondí, al tiempo que le ofrecí un mate. Habrá entendido que le ofrecí sentarse a mi lado, porque así lo hizo, arremangándose los jeans tres cuartos y sosteniendo el gorro con su mano izquierda, la cual lucía un brillante anillo aparentemente bañado en oro.
No me molestó que se sentase un rato: mi insomnio se había acentuado en el último mes, y con frecuencia si estaba acompañado olvidaba por qué estaba despierto. Lo que sí me sorprendió fue que contrariamente a los que evitaban mirar para atrás, hacia el gigante conocido que sólo les traía malos recuerdos, Eugenio se acomodó en diagonal al portón, al lado de un desconocido a tomar un mate amargo.
-Allá adentro los hacen mejor- Bromeó, acomodando la bombilla. -No se me enoje, ¡eh!
Reí nuevamente, pero esta vez con la mirada perdida en el asfalto, pensando en la frase con la que se presentó. Por un momento sentí un deja vù; me convencí que ya lo había escuchado antes y a él también lo había visto, tal vez en un sueño. Lo cierto es que ese sombrero de paja y la frase iban de la mano en un recuerdo que bien podía ser un engaño de mi mente desvelada.
Me devolvió el mate casi lleno. Realmente no le había gustado.
Pasó una hora y Eugenio ya me había contado varias historias acontecidas entre los muros blancos, aunque no pronunciaba palabra sobre su error, sobre el por qué de su estadía en la Unidad. Me contó de Chicho, el "Negro John", Pérez, del "pendejito platense" que caía bien a todos. Un compañero de celda oriundo de la ciudad parecía una rareza, según Chávez Durán. Pero de a poco fui desconfiando hasta de su propio nombre. En dos o tres oportunidades se contradijo con historias cursis y típicas de jaula, casi como de película. Pero yo seguí su juego al ritmo pausado de su discurso. A ese punto quería saber más sobre su historia, por lo que comencé a indagar.
Resultó ser que era mexicano de nacimiento, y que a los seis años se vino para la Argentina con su padre, muerto hacía unos diez años. Reacio a desplegar mis antecedentes cotidianos ante un extraño ser, preferí envolverlo en preguntas hasta que se canse de una vez por todas y decida preguntarme al fin dónde quedaba la estación de trenes.
Desde dentro del penal, la alarma comenzó a sonar con insistencia, pero no pareció molestarle a Eugenio tanto como a los vecinos linderos que más de uno encendió el velador. Con la chicharra de fondo, ese hombre del bolso verde que se acercó a mí un veintidós de enero contó un par de historias más, eludiendo mis preguntas incómodas y el que se cansó fui yo.
-¿A qué se refirió con lo que me dijo al principio?-, pregunté.
El portón marrón de la prisión se abrió de repente y el ruido a motores y sirenas se acentuó.
- No se de qué me está hablando, patrón.- contestó Eugenio.
Lo último que recuerdo es el sonido de una ambulancia y dos faroles a dos metros, mirándome como los ojos cansados de Eugenio, envueltos en incandescencia.
Desperté en febrero con una lucidez atípica. Dolores de todo tipo, recuerdos de aquella noche y mi novia sentada a mi lado se mezclaban en una sala blanca, como los muros de la cárcel. Pensé en el pobre mexicano. Ése que no pudo disfrutar ni dos horas de libertad que ya se lo había llevado puesto la realidad. Ella preguntó cómo me sentía, con lágrimas en los ojos. Mis preocupaciones eran otras.
-¿Sabés algo de Eugenio Chávez Durán?- Pregunté.
-¿De quién?
-El mexicano, el que estaba sentado conmigo.
-No estabas con nadie, amor. Al menos, nadie más estuvo herido.
Otra vez, mi mente desvelada me había engañado. El mexicano era rápido? Pensé. O las películas de madrugada y el insomnio pueden llevarse peligrosamente bien?
por Ignacio Champane

Me gusto!
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