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Dentro del Parque.

Dentro del Parque. Fueron seis, o tal vez siete los domingos sin sol en la ciudad. Viento, lluvia, series o noticias de mierda. Domingos iguales. Distintos pero iguales, ásperos. Soberbios de cuello alto, con bufanda, que competían para ser el peor. Pero ese domingo fue distinto. Fue claro como una mente despejada de problema s. Tan desubicado como necesario.   El Parque Castelli se lució ese día. Tenía montañas de pasto quemado y algunos árboles caídos. Había tres arcos de fútbol y un carrousel barato, con olor a garrapiñada. Esa tarde se jugaron varios partidos sin árbitro. La pelota rodaba un poco , picaba mal siempre, ante la desatenta mirada del tercer equipo que esperaba intentando pegarle al travesaño del arco más alejado. La cancha de bochas no abrió ese domingo.  Alrededor de las cuatro de la tarde las voces de los niños ya se mezclaban con los gritos aislados del cuarto partido en la cancha principal. Mate y reposera, familias enteras y parejas re...

Comenzar hoy

Estás por hacer algo y la magia aparece. Los sentimientos tienen nombres, pero son todos uno. Es como esos idiomas latineros que se codean por una tilde a la inversa, pero dicen algo parecido. Las palabras se unen en tu alma, musculosa y pasional, que quiere correr despacito. Estás por comenzar una nueva etapa, y cuando comienza un sueño o algo que pensaste mucho tiempo y tenés que dar más de un paso para arrancar, aparece el sentimiento. Aparece el miedo enfrascado en recuerdos de otro y una ansiedad tosca y gallega que pretende cegarte. Aparece el latín puro en una idea y aparecen esos otros que no sabés ni el nombre pero son tan temerosos que terminan por asustarte.  Es todo el mismo sentimiento, un poco maquillado para bien o para mal. Hoy comienza un día y lo arrancaste maquinando, allá por la medianoche, sabiendo que tenés que empezar a caminar con tus ideas, abrazarle los hombros y charlarlas para que siempre estén de tu lado. Y en esa larga caminata, en tu cabeza...

De melenas de plástico y pies chamuscados

No estoy tan viejo pero ya tengo bronca. Sé lo que va a pasar. No lo puedo evitar, y, más aún, lo voy a tener que ver y aceptar sin chistar. Tengo trentitantos y de la única etapa de mi corta vida que no reniego ni le cambio una coma es de mi infancia. En mi casa y alrededores aprendí palabras que otros chicos de mi escuela no conocían. Calcario, ponele. Cinco cuadras mitad tierra mitad asfalto para ir a tomar el micro e ir a la escuela eran la mayor preocupación. Y volver ya era rutina: mochila en el sillón; guardapolvo en una silla y cambiar largos por cortos para ir a patear al campito, cuna de cracks que no llegaron, de mates en ronda y ritos nocturnos. Me juré mil veces que jamás iba a ser tan melanco como la generación de mis viejos, que se jactaban de haber escuchado (con razón) la mejor música, de tener (sin razón) los juguetes y juegos más sanos, y un montón de pelotudeces más que ellos amaron y nosotros, los de los noventa nunca necesitamos. Pero ya lo siento, lo veo veni...

Las voces del campanario

#MicroRelato V

Navegando entre lo oscuro. Así, a ciegas y consciente de que adelante está el camino pero atrás lo importante. Aquello verdadero y verosímil que a su vez también navega, y cuando quiere toca puerto y desvanece todo lo que entre oscuridad creíste ver. foto @nchampane

Un farol que no alumbraba

(Foto: Ignacio Champané) Ella no se movía. Miraba a su alrededor y no comprendía por qué todos corrían. Ella había despertado feliz, en medio de un mundo en discusión, pero radiante y dispuesta. Sin embargo la desesperación colectiva que había en eso que parecía más bien una parada de un ómnibus que muchos no querían tomar comenzó a inquietarla. A su lado había rejas de una ventana inexistente y un farol que no alumbraba.

El hombre del bolso verde

"Hubo algo que vino a mi mente y no dudé en soltarlo" Así comenzó mi charla con Eugenio Chávez Durán. Según su relato, había pasado los últimos años dando vueltas por cárceles de la provincia de Buenos Aires y parecía ansioso por contar algo anterior a su última aventura. Corría enero (en realidad ya se iba), eran las cinco de la mañana y ya no iba a poder dormirme. Algunos gorriones de voz aguda ayudaron a mi desvelo y bajé a la calle con mate en mano mientras esperaba junto a las aves los primeros rayos de sol. El televisor quedó prendido al igual que alguna luz. Fue en ese momento donde lo vi. Con un bolso verde opaco prominente a cuestas y un muro gigante en sus espaldas, Eugenio se acercaba por la calle empedrada mientras se reía del comentario de un oficial, al que saludó, y dirigió la mirada al portón cerrado sin dejar a un lado su mueca alegre. Por la oscuridad no se podía ver mucho, sólo se distinguía un sombrero panamá y camisa clara, algo manchada, haciendo ...