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Adrián Cáceres

foto: @nchampane
Su nombre había sido durante treinta y ocho años Adrián Cáceres pese a que nunca le gustó mucho. La ciudad lo vio nacer, crecer, formarse en el Colegio Nacional, estudiar Medicina y atender en el consultorio de su hermana mayor, Elisa, por casi una década.
Era flaco, condición que le dio apodo entre sus allegados. Siempre se lo veía de camisa, corbata y un saco negro que “Eli” le había regalado. Moreno, soltero, sin hijos y con incontables obsesiones diarias que lo habían acompañado tanto tiempo como la razón.
Nunca fueron graves, pero sí marcadas. Su mayor trastorno giraba en torno a los números. En los impares él se sentía seguro, pasando del sufrimiento a la cotidianeidad. Todo debía ser impar. Incluso, por ejemplo, la última palabra que le decía a cada hombre o mujer con quien hablaba. No existía el “chau” en su vocabulario. Sí el “adiós”. Tal vez un "hasta luego".

Todas las mañanas eran parecidas para Adrián. Su celular le planteaba el primer desafío de la mañana: apagar el despertador ordenando cuatro números de menor a mayor. Cuatro. Lo fastidiaba tanto que sean par que se despabilaba por completo. Luego de sonreírse por lo mal que lo ponía la situación, venía el segundo reto.

Adrián era zurdo. Para él y su conciencia, lo más conveniente era comenzar el día con el pie izquierdo. Pero sus ganas iban en contra de lo que el mundo infamemente acreditado de los augurios decía: había que empezar con el pie derecho. Literalmente.
Cansado de tentar al destino apoyando su pie predilecto, comenzó a levantarse cada mañana apoyando simultáneamente primero los talones, y llegar a tocar el piso con los diez dedos al unísono.

Recién allí, Adrián se levantaba.

No acostumbraba desayunar, sino que esperaba a llegar a casa de su hermana que siempre lo esperaba con un mate y algunas medialunas, junto al diario y sus anteojos. Luego de bañarse, cada día laboral tenía un último juego en su casa que para él definiría la jornada.
Su hermana solía comprar objetos hogareños usados en ventas de garaje que se celebraban cada sábado en la ciudad. Y un trece de diciembre (lo recordaba porque su amado Boca perdió un torneo servido en bandeja la tarde anterior) le obsequió a Adrián un juego de tiro al blanco, bastante maltrecho, pero utilizable, que él colgó en la puerta blanca de su pieza.
Compró doce dardos. Dos se le rompieron, uno lo dejó en su envoltorio, y cada mañana lanzaba nueve al tablero de corcho pintado a mano. Si por lo menos uno daba en el centro negro, la sonrisa le duraba hasta que se sentaba en su linda silla y acomodara el saco. Si alguno ni siquiera tocaba el blanco y caía al suelo o peor, quedaba clavado en la madera de la puerta, había que salir preparado: el día no sería nada fácil.




Hacía años que Adrián no hablaba con su madre. Ana María se había ido a vivir con su hermana a un pueblo entrerriano, Salamanca, tras la muerte de su esposo. Don Gerardo Cáceres había fallecido cuando Adrián tenía apenas siete años, por lo que los recuerdos para con su padre eran difusos como así también el porqué de su deceso. 
Mientras duró, la relación madre hijo había sido envidiable. Luego pasó a ser una simple devolución de llamadas para constatar que todo estaba bien. Y siempre lo estaba.
Adrián sabía que su mamá se sentía más que acompañada con sus pares de Entre Ríos. Además, él siempre prefirió vivir solo. No había tenido esposa, sí alguna que otra compañera que jamás llegaron a ser de vida. Lo que nunca perdió fue la amistad de Carlos. 
Éste platense estuvo a su lado siempre que el Flaco se lo permitía. Él si consiguió, o al menos quiso, armar una linda familia con su primero novia y luego esposa, Antares, y sus dos hijas de cinco y trece años. Su carisma suplió la ausencia de títulos universitarios para trabajar en las mejores empresas de la ciudad.
Adrián lo apreciaba mucho; siempre había sido fuente de consejos que a veces eran escuchados, y compañero de salidas y tragos en varios de los mejores años de su vida. Cuando debían hablar algo serio, era el Flaco quien frenaba la conversación, ya que Carlos siempre había sido demasiado directo para expresar sus pensamientos. Hacía ya cinco años que había conseguido un empleo estable en San Luis, por lo que él y su familia fueron a residir allí, aprovechando la hospitalidad de sus suegros. 
Pero la relación nunca se cortó, y a menudo le tocaba viajar a La Plata por trabajo. En esos momentos no dejaba pasar la oportunidad de ver a su amigo. Siendo mayor que Adrián, siempre sentía la necesidad de guiarlo pese a la correcta vida que llevaba su amigo, y ayudarlo en la toma de decisiones por más ínfimas que parecieran.
De todos modos, la vida en el consultorio de su hermana era tranquila, salvo cuando se acordaba que su nombre llevaba seis letras. De chico, siempre bromeaba (para sí mismo) que iba a cambiar su nombre por uno de siete. Había pensado en Augusto. Sentía que iba con su personalidad. Cáceres, en cambio, no hacía ningún ruido en la cabeza del Flaco.




Ese veintiseis de abril, un día antes de su trigésimo noveno cumpleaños, los hermanos se juntaron en un bar de la diagonal 74 a esperar juntos la medianoche. El lugar se llamaba "Conoser", con ese. Siempre que podían iban a beber dos o tres cervezas artesanales. Cuando Carlos trabajaba allí, solían ser unas siete u ocho por el mismo precio.
Puntual como siempre, Adrián llegó primero y eligió su mesa preferida. El bar tenía unas pocas mesas de madera, sin manteles, con posa vasos que mostraban tapas de discos de artistas argentino y uruguayos. Las sillas eran pequeñas y viejas, y la mayoría miraban para el escenario que ellos nunca vieron en uso. Pero allí estaba, incluso con unas telas negras detrás que aparentaban tapar algo. Pocas luces y buena música ambientaban el lugar.
La moza llegó y le dejó la carta al Flaco, justo cuando Eli entraba con su cuello erguido para avistar a su hermano, aunque y sabía dónde iba a estar ubicado. Dejó su cartera y abrigo en una de las sillas y se sentó lo más próximo a su hermano, que tras saludarla se puso los anteojos para mirar el menú. En vano, porque el pedido era siempre el mismo: "Papas bravas" y dos pintas de cerveza.
Eran las once y los vasos se habían llenado unas cuantas veces. Tanto como para que se pongan a hablar de política, riéndose de presidentes anteriores y gobernadores "vergonzosos" para ella. Adrián recordaba anécdotas que le había contado su amigo cuando habituaba dejar entregas en el Ministerio de Trabajo. Las carcajadas y los insultos inundaron la mesa siete. El recuerdo de un ex ministro de economía desató un principio de ira en Elisa
-Y ese, el canoso, ¡Qué hijo de puta!- Soltó ella - Hijo de puta como papá. - Dijo entre risas. 
Adrián se puso serio. Estaba desconcertado. No quería preguntarle. Pero no hizo falta. Su hermana observó  su rostro mientras el alcohol corría por sus venas, y sin vergüenza le confesó: 
-¿Me vas a decir que mamá nunca te dijo que el viejo era milico?.
Adrián se sintió herido, inocente. Desnudo en el bosque más frío. Treinta y ocho años (casi treinta y nueve) y nunca supo ese sutil detalle que abrió en su mente millones de puertas y ató otros tantos cabos. En su casa nunca hubo fotos, y con su madre nunca hubo charlas sobre Gerardo. Pero lo que más le dolió fue que su hermana, a la que tanto quería jamás le haya contado.
-No es tan grave, Adri. Estaba errado pero con nosotros siempre se portó de diez.
Faltaban cinco minutos para las doce. Adrián tiró cien pesos en la mesa, recogió su portafolios y se dispuso a marcharse pronunciar una palabra, pese a que no recordaba cuál había sido la última. Sus anteojos quedaron en la mesa siete del bar Conoser.



La vida tranquila se transformó en un infierno de desilusión e incógnitas. ¿Quién había sido aquel hombre? Si bien su hermana no había ahondado en detalles, su cabeza no paraba de pensar lo peor. La pregunta que jamás quiso responder sin saber por qué fue lo único que importaba en ese momento. Ya en su departamento, buscó en Google el nombre de su padre, pero nada aparecía. Pensó en llamar a Ana María, pero la ira que sentía para con ella y con su hermana no le hubiese permitido hablar en buenos términos. Tomó el celular sólo para apagarlo. Tenía cinco llamadas perdidas de Elisa, y otras dos de Carlos. Su amigo quería saludarlo por su cumpleaños, pero él apagó el celular y se acosto, pero no pudo dormir. Llamó a su amigo, y sin contarle la historia entera le pidió un favor más de los tantos en décadas. Se quedó pensando en infinidad de momentos que lamentaba haber pasado, mientras las lágrimas acompañaban los recuerdos.
El timbre de su puerta lo despertó en las primeras horas de la mañana. Sabía que era su hermana. Se levantó y pisó el suelo con su pierna derecha. Lo lamentó. Abrió la puerta y entre lágrimas, Eli le pidió perdón por habérselo contado así y en esas circunstancias. El dolor interno en Adrián le impedía escuchar con claridad. Ella seguía hablando pero Adrián se ahogaba en un mar interno de pensamientos y se ponía aún peor cuando la oía. Escuchar su propio nombre en boca de Elisa le provocaba náuseas. En ese momento, más que nunca, quería estar solo.
-¿Estás haciendo valijas? ¿Adónde vas a ir? Preguntó ella. Pero no obtuvo respuesta. Una foto antigua de los hermanos con su madre yacía sobre la cama. Estaba arrugada, como si alguien hubiese querido romperla.
Adrián no había dormido casi nada. Había lanzado los dardos unas veinte veces (probablemente veintiún). Las lágriamas caían. Se secó los ojos y le pidió a su hermana que se fuera. Ella accedió rogándole que la llamara luego. Cuando estaba cruzando el umbral de la puerta, la voz de Adrián la hizo detener.
-Me voy a San Luis.

Elisa bajó la mirada. No dijo ni una palabra. Adrián tiró un dardo al blanco que quedó clavado en la puerta blanca. Ese tablero se quedaba junto al departamento y varias cosas que pertenecían a una vida anterior, llena de mentiras. Pensó en su nombre. Eli no se despidió y se alejaba por el pasillo. La última palabra que le había dicho a ella casi lo obligó a preguntarle algo más.

-¿Sos mi hermana?

por Ignacio Champane

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