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Creo que maté un ave


Estaba posada, con la mirada perdida entre los muebles de mi habitación, cómoda, a pocos centímetros de la cama sin hacer. No tenía nada que hacer allí. Debo confesar que lo pensé; no se si dos veces, pero lo pensé. Fue ira lo que sentí al ver que no me miraba, que me ignoraba. Y la maté.
No se por qué lo hice, si casi ni la conocía. Pero verla allí, como adueñándose de mi espacio y de mi vida me provocó lo que jamás nadie ni nada había provocado. No fue por envidiar su capacidad de volar y poder escaparse por cualquier hueco de su imaginación. Tampoco me hizo nada malo, que yo recuerde. Sólo estaba allí, en el lugar donde no tenía que estar, en un momento equivocado.
El sentimiento nubló la razón y de un disparo con un arma que no era mía pero conservé por años, terminé con la vida de ese pobre ser, que tal vez ayer se posó en la cama de otro. La sangre cupo rápidamente entre las maderas del suelo y llegó a mis pies desnudos y fríos. Los calentó.
La puerta estaba a medio abrir y se escuchaba desde otro cuarto una canción que jamás escuché. No tenía letra, pero hablaba de libertad. Era domingo. Salí de la habitación, necesitaba un baño de agua tibia para pensar en lo que había hecho. Pero rápidamente el sonido del agua me hizo olvidar por completo lo que hice. Ayer, entre estas tres paredes hechas a desgano y viendo de a partes la realidad de mi entorno, pensé en ella. No se si dos veces, pero la recordé. Pobre, Paloma.

por Ignacio Champane

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