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La Plata, 2020.


Todas iguales. Cada una con su historia y sus ladrillos nuevos comprados de a puchitos, pero eran todas iguales. En un lugar así aprendés palabras que tendrías que haber aprendido más de grande, o nunca. Tejas, puteadas, losas, ¿calcario? Sí, las calles eran de “calcario”, nos decían. Será una manera cool de llamarle a la tierra? Todos los techos quisieron ser alguna vez rojos como un mar de acuarelas, pero entonces el viento. Y después el sol. Y la lluvia. Pobre la tierra cool con la lluvia, pero qué lindo el barro para surfear en patas y curar picaduras. La fauna estaba representada por una extensa familia de teros, que se escondían en los cañaverales linderos al Arroyo Maldonado y atacaban a cualquiera que quisiera robarse las tacuaras, alambrado de púas mediante. Muchísimas abejas, enemigas de ese barro para surfear; mariposas blancas, éstas se solían ver cerca del campito, escenario principal de la entrada sur del barrio; en la entrada norte se erigía el club del barrio. A las siete de la tarde llegaban los mosquitos, obvio, y molestaban a los varios perros típicos de esa zona: callejeros. Se destacaban por aquellos tiempos la Chicha Sarna y sus mil hijos (quinientos sobrevivían y otros tantos morían en los ductos de cemento que continuaban las zanjas bajo tierra), el Tobi, el Indio, el Tren (perro salchicha, cruza con cualquier cosa), el Wallaposo. El Wallaposo... Apareció una vez en la plaza central del barrio, y los chicos de entre 10 y 15 decidieron tenerlo un día cada uno. Cuando al tercer día, el Bebe se cansó de tenerlo en la casa, lo soltó. Era Navidad, y llegó a la puerta de la 152, mi hogar. Y quedó, por veinte años quedó el Wallaposo. El nombre se lo debía a una banda picante de Barrio Jardín, unos buenos muchachos que se hacían llamar así. Después pasó a ser Walla, Wally, Wallyta, Vity, Vity el perro. En fin, muchos nombres. Para completar el reino animal, junto con los mosquitos llegaban los bichitos de luz, en cantidades que jamás volví a ver en otro lado, incluso hubo momento donde pensé que no existían, además de sapos y escuarzos. Pobre el barrio, delimitado por una diagonal asfaltada, un zanjón frondoso y lleno de sorpresas, una avenida acompañada de un arroyo y el club con su quincho, una cancha oficial brillante y un campito, el más verde del lugar. Todo único. Todo extraño. Los números de casa no respetaban calles ni veredas sin cordones, sino manzanas. Los almacenes eran dos garages bien pintados y casi idénticos. Era una tierra no apta para forasteros: todas las calles tenían el mismo número, ciento dieciocho. Aunque no hay que llamarlo laberinto, porque allí nadie se desesperaba por salir. Para qué? Si todas las casas eran casitas de fiesta. Todo todo se encontraba en ese barrio, bautizado con nombre de papá político y criado bajo los garrones de no tener a quién recurrir. Y duró así lo que tuvo que durar. Nadie tiene nada que reprocharle a ese pedazo de tierra sin forma, espolvoreado con su propia realidad. Tal vez nadie lo recuerde así. Tal vez las casas no tenían papeles. Y es que ese barrio no tenía precio.


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