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| La Plata, 2020. |
Ella sabe qué los
distanció hasta el final. Recreó esa última charla que no existió mientras se
bañaba. La imaginó con vino y respuestas obvias. Con pocas palabras, como
siempre.
Cerró la canilla
y agarró la toalla. La desesperaba tardar tanto en secarse.
Recreó la charla
dos veces. En la primera, ella sintió un alivio que jamás sintió.
La segunda la empapó
de terror como la piel al cuerpo y se mezcló con otros pensamientos que la salvaron
y la llevaron a otro lugar. Cuando terminó la charla aún se secaba.
Cómo puede tardar
tanto alguien en secarse, se dijo. Agarró el celular empañado y apoyado en el
bidet y chequeó el mail, dos veces. A veces falla se dijo, mientras las últimas
gotas caían ese sábado de brisa invisible a las diez de la mañana, en un baño
demasiado blanco de un monoambiente que la desconocía.
Puso música y la
sacó. Recordó los silencios que le gustaban. Miradas que eran aplausos. Lo recordó
escribiendo esos cuentos interminables en la casa enorme que no era de ninguno
de los dos.
Pará un cachito
que ya termino, le decía. Esas hojas que jamás iba a leer. A quién le
escribiría?
Qué hora es? Es
muy temprano para ir? Es necesario hacerlo un sábado? Cómo será la tercera
charla?
Se miró al espejo
y sonrió. Sus ojos leían en el vidrio las respuestas que soñó.
Las cosas que
tenía para decir. Paró en un almacén y eligió un vino blanco. Seco. Entonaba
con esa casa enorme que no fue de ninguno de los dos.

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