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Entradas

Mirando al Sur

La noche en Ushuahia es a veces noche y a veces amanecer. Javier miraba el cielo negro e intentaba despejar la cabeza de a sorbos. El lunes de esa semana, cuando fue a visitar a sus hijos a la casa de Marcela, su ex mujer, los encontró encerrados en un armario oscuro, llorando. Tuvo que romper la puerta de entrada, tuvo que encargar una nueva ese martes, y tuvo que denunciar a la niñera y buscarla por toda la ciudad con su Duna 93', que respondía como el primer día. -Fue esa psicópata del norte-, le repetía a los oficiales, como si todos la conociesen así. Como si todos la odiaran como él. -Quedate tranquilo, Javi, la vamos a encontrar. Dónde se puede ir?- le dijo Adrián, que además de comisario había hecho la secundaria con él. -Pudieron haber muerto-, se repetía y miraba el techo desvencijado de la estación de policía. No hacía frío y la luna y el sol se acomodaban en un cielo que se cerraba y se cargaba de sombras. El miércoles, Javier había tenido una fuerte discusión con Marce...

Memorias de mi memoria

Se buscan aliados siempre. Un cable desacomodado sobre el suelo o un bicho que aún no sé el nombre. Los brazos de mi mamá o simplemente llorar. Mis dedos aprietan con fuerza las maderas largas que no son madera, mientras de lejos se oye el momento, se oye como una murga que se acerca y se tersan mis patas chuecas. Lo oigo y lo siento. Todo es más liviano de lo que parece. Los monstruos que me rodean claman por mi ritual.  A sesenta centímetros del suelo son otros los vientos y me cuesta pararme, mantenerme en pie. Mi tambor ancestral de cuero que no es cuero pesa sobre mi cintura y me mancha de azul. Mi espalda desnuda comienza a sudar mientras muevo mis manos. Los gritos y la música ensombrecen los golpes secos y río para no llorar, porque otra cosa no sé. Mis rodillas torpes no saben ir a ritmo, e ignorantes aportan lo suyo al ritual de sonrisas y carcajadas largas. Y río. No puedo parar porque no sé cómo se para. En un instante el techo de madera me mira de lejos con sus mil ojo...

Voy

La Plata, 2020.   Perdón si no te contesté ayer. Sobre los árboles no vas a caer. Ninguna sombra me avisó, Mis manos no hablan, no escuchan. Sentiste esas ganas otra vez De ser vos quien te lleva. Quien maneja, quien lo usa. Hoy no será, y no sé por qué. Tus ojos y el viento parecen pelearse. Hay una pequeña ruta, es lejos. Bueno, son muchas, es verdad, Siempre supiste más que yo, y me gusta. No sé por dónde empezar. Acá voy. Ignacio Champane.

El rey de la ofi

La Plata, 2020 No puede. Intenta pero no puede y lo llena de miedo. El recuerdo de la mañana del viernes lo sigue enmudeciendo a Emilio, hasta hoy, lunes 22 de octubre. Hace un calor incómodo y desubicado y la oficina está llena. No hay trabajo. Emilio hace rato que va para no trabajar. Se podría haber jubilado hace tiempo, pero le encanta ir a hablar con sus compañeros, tratar de sentirse cómplice de los más jóvenes, contar anécdotas de lo que pasaba hace años en esa oficina, y de lo que no. Hablar, hablar y hablar. Pero hoy no. No puede. Adrián se olvidó la corbata y Emilio no se dio cuenta. Su ladero Victor no lo podía creer, en su cabeza había encontrado la joda perfecta y la excusa de charla de toda la mañana. Afuera de la oficina había ochenta personas intentando que alguien les de bola, pero Victor se relamía con la cara de miedo de Adrián, el nuevito que no sabe lustrar un zapato y hoy parece que salió apurado. Pero claro, Victor no podía joder solo, no tiene ni el carism...

Dale

  La Plata, 2020. Ella sabe qué los distanció hasta el final. Recreó esa última charla que no existió mientras se bañaba. La imaginó con vino y respuestas obvias. Con pocas palabras, como siempre. Cerró la canilla y agarró la toalla. La desesperaba tardar tanto en secarse. Recreó la charla dos veces. En la primera, ella sintió un alivio que jamás sintió. La segunda la empapó de terror como la piel al cuerpo y se mezcló con otros pensamientos que la salvaron y la llevaron a otro lugar. Cuando terminó la charla aún se secaba. Cómo puede tardar tanto alguien en secarse, se dijo. Agarró el celular empañado y apoyado en el bidet y chequeó el mail, dos veces. A veces falla se dijo, mientras las últimas gotas caían ese sábado de brisa invisible a las diez de la mañana, en un baño demasiado blanco de un monoambiente que la desconocía. Puso música y la sacó. Recordó los silencios que le gustaban. Miradas que eran aplausos. Lo recordó escribiendo esos cuentos interminables en la ...

19

La Plata, 2020. Todas iguales. Cada una con su historia y sus ladrillos nuevos comprados de a puchitos, pero eran todas iguales. En un lugar así aprendés palabras que tendrías que haber aprendido más de grande, o nunca. Tejas, puteadas, losas, ¿calcario? Sí, las calles eran de “calcario”, nos decían. Será una manera cool de llamarle a la tierra? Todos los techos quisieron ser alguna vez rojos como un mar de acuarelas, pero entonces el viento. Y después el sol. Y la lluvia. Pobre la tierra cool con la lluvia, pero qué lindo el barro para surfear en patas y curar picaduras. La fauna estaba representada por una extensa familia de teros, que se escondían en los cañaverales linderos al Arroyo Maldonado y atacaban a cualquiera que quisiera robarse las tacuaras, alambrado de púas mediante. Muchísimas abejas, enemigas de ese barro para surfear; mariposas blancas, éstas se solían ver cerca del campito, escenario principal de la entrada sur del barrio; en la entrada norte se erigía el club del...

Automatic cortado automáticamente.

  Cartagena, 2020. Necesito sentir que mi mano izquierda se amiga con este lápiz, que se vuelvan a encontrar luego de un estribillo que los partió a la mitad y los distanció hasta el final. Te juro y te prometo que te escuché. Así respondo yo. Los platos están sucios y la tele apunta a la pared. Se mueven grúas y ya me dijiste dos veces lo que me viniste a decir. Aunque no necesito una respuesta, te escribo esta carta para desesarte un feliz año. Hablás en prosa, te diste cuenta?  Tus ojos no tienen nada que ver con los míos.  Cómo no te voy a responder? Cuando te fuiste no había terminado todo esto. Si, si. Dos veces me lo dijiste. Tus silencios son el mejor solo que escuché en mi vida. Me mata, me encanta. Te miro y me aplaudís. Al menos ahora. La casa está rara y mi cabeza no sabe qué mover. Te suena raro pero te estoy escribiendo esta carta con vos delante de mí. Me mirás y te sonrío. Pará un cachito que ya termino. Seguro no la vas a leer. No necesi...