| foto: @nchampane |
Normalmente, cuando se encienden las luces es porque algo va a pasar. Alguien que va a buscar agua a la cocina, otro recibirá alguna puteada, o ha vuelto la electricidad después de una noche de tormenta. En fin, algo viene. La luz te invita a estar atento, lúcida.
Pero acá, el pecho también debe estar alerta. La emoción comienza cuando las sombras se confunden con lo negro de la oscuridad y los primeros gritos desconocidos entre sí se empiezan a escuchar.
Un tipo de negro, con pelo largo, blanco y rizado, se subió hace minutos adonde todos miran mientras algunas luces se encienden; movió un par de cables, tocó unas perillas y se fue. Los de abajo, inmóviles: fuman, conversan, miran los celulares. Los encendedores sólo encienden cigarros armados, ya no parpadean como hace tiempo.
Nadie se inmutó por aquel de negro que subió al escenario, y la culpa la tuvieron las luces. Que, prendidas, quitan el dramatismo de no saber a quién mirar. Pero de pronto se van. Y no se ve nada. Y se siente todo.
Se escuchan gritos de bocas que se mezclan y son borrosas, pero se notan sonrientes y hay vapor. Y vienen más, aparentemente también de negro y aparecen en el escenario. Y ahora sí. La gente ve sólo siluetas encorvadas y delira mientras aquellos desfilan de a uno a sus lugares de pertenencia. Sobran las palabras en ese momento mágico en que todo el mundo sabe a qué vino, sólo alaridos de vocales predominantes confirman lo que se viene. Algunos celulares toman protagonismo, como luciérnagas en las noches de campo.
Y de repente, un instante abrumador: el primer grito que no es grito, el primer ruido que no es ruido porque el ruido deforma y esto enloquece. Una les Paul levanta un inexistente telón y nuevamente las luces, tímidas e indiferentes, aparecen para no dejar de estar allí, al menos por un rato. Pero ya son bienvenidas, la penumbra hizo su trabajo y la emoción ya comenzó.
A mi alrededor algunos se abrazaban, casi festejando un gol. Pero yo me sentí ajeno cuando comenzaban a callarse, por primera vez en mi vida. Y comprendí que lo que me conmueve son ellos, inocentes ante el todo por conocer y abiertos a cambiar de ánimo con un simple juego de imágenes y sonidos. tanto como yo. Me alegró verlos, pertenecer un momento. Se me llenaron los ojos de lágrimas azules y violetas, encandiladas por los faroles que hacían de ese lugar negro y fétido un teatro hermoso. Hice lugar entre varios y me fui, mientras una canción que había cantado unas quinientas veces en mi adolescencia sonaba un poco peor de lo que la recordaba.
Por Ignacio Champane
muy bueno !!1
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