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Puede pasar una tarde de junio

foto: @nchampane


Llegaba tarde al curso de Literatura que brindaba la Universidad Nacional, unos minutos, por lo que decidí no ir. No me gustaba que haya tanta gente al entrar al aula de la Facultad de Ciencias Económicas, que en ese momento se encontraba en plena remodelación. Como estaba cerca del centro, fui a dar un par de vueltas hasta que se me ocurra qué hacer con mi vida. Al menos con el resto del día. Eran las seis y media de la tarde, aunque la noche ya asomaba, acompañada de un frío viento que hacía dudar en salir a la calle.


Tras parar en una librería a ver ofertas (no llegaba a tener cincuenta pesos en la billetera), pasé por una esquina bastante concurrida a esas horas, pero que curiosamente se encontraba casi desierta. Un negro rojizo había acaparado el cielo y sólo algunos caminaban, viendo vidrieras,o sus celulares. En la intersección de la calle ocho con la cuarenta y siete había un bar, que tras varios años de pensar un nombre, el dueño le puso "La Esquina". Bastante original. Los platenses van, toman un café. Algunos, los piropeadores, se animan a una cerveza en las mesitas de afuera, bajo las sombrillas amarillas.

De pronto comencé a escuchar una canción. A lo lejos parecía una cumbia, o algo por el estilo. Cuando la 
melodía se acercaba a la esquina, mientras algunos bien abrigados miraban con desconfianza para donde provenía el tema, se notaba claramente un estilo mexicano bien marcado. No sabía bien de dónde llegaban esos acordes guitarrón y vihuela. Hasta que de pronto aparecieron.

El primer auto de la fila traía consigo una virgen, de unos ochenta o noventa centímetros, sobre el techo. Unas guirnaldas la decoraban. No tenía colores, parecía de yeso. Dentro del coche, cuatro o cinco personas, aplaudiendo al son del tema que, sin exagerar, no tenía rima alguna. Sólo unos versos incongruentes, acompañados por una melodía de mariachis, en el centro de la ciudad de La Plata, a las seis y media de una tarde fría de junio.

Detrás del Gol Trend venía una camioneta, también con bastante gente, con una calcomanía del Rally Dakar 2013, y un número de inscripción: A72. Dos autos más completaban la caravana que finalizaba con dos motos de la policía con luces encendidas pero sin sirena. Los oficiales hablaban entre ellos cuando los cantantes se callaban.

No cortaron ninguna calle, tampoco daban volantes o te invitaban a seguirlos. Ni siquiera había un cartel cerca de la virgen, para que uno, indiferente pero curioso, sepa al menos de qué festividad se trataba. Pero lo que me cautivó fue la canción.

Repito, no había rima, la grabación era mala, los mariachis, avasallantes repetían: ¡Que Viva el Cristo Rey!, y los que estaban dentro de los autos de la caravana gritaban al unísono: "¡Viva!". Luego venían minutos de silencio vocal y las trompetas se hacían presentes, bajas, cambiando el ritmo, acelerando el tema. No importaba. Era perfecto.

No importaba tampoco la voz del mariachi, que se la patinaba la erre, ni si pegaba un verso con otro; dudo desde mi ignorancia eclesiástica si era una canción o una oración lo que escuchábamos, pero ellos la cantaban, demostrándole a todos aquellos, que volvían del trabajo o tomaban un café en La Esquina, que lo importante era el mensaje: Que viva el cristo Rey. No entraba en discusión si uno fuese creyente o no, a ellos les importaba que todos sepan que estaban ahí, contentos, dirigiéndose a algún lugar. Tal vez a la casa del conductor de la camioneta, que seguro tenía un lindo quincho con fotos de competiciones de autos y de algún caballo de carrera.

La traducción inmediata de lo que se piensa radica en palabras, acomodadas, apropiadas por cada uno, a su manera. Ellos me lo enseñaron, sin querer. Seguro quisieran que vaya a la Iglesia con ellos, o a la casa del tipo del Rally, pero no. Hubo algo más importante ese día. Tal vez aprendí más en esa esquina de lo que pude haber aprendido en una hora y media de curso, con una poeta local y un puñado de textos de Cortázar. Quién sabe.


por Ignacio Champane

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