Toda mi vida esperé que llegue una carta con mi nombre en el dorso, de alguien a quien conocí hace tiempo, en una época anterior, en mi vida pasada. Pero claramente no era yo el receptor deseado. De hecho, no tenía destinatario, por eso no la abrí. La dejé en la mesa y esperé que alguien la vea y sepa qué significaba aquel garabato.
Si bien no me desvelaba, sentía curiosidad por saber a quién le había llegado, en estos tiempos de redes sociales y poco romanticismo postal, aquel sobre arrugado, blanco, con ese aroma característico que le habían dado los años. Parecía añejo.
Pasaron los días y nadie tomó la carta. Ni siquiera la notaron. Un miércoles, mientras todos cenaban, la tomé y me fui a mi cuarto, pero no la abrí. La metí en una caja, junto con fotos antiguas y un par de entradas de un recital de hace una década. Si no era yo el receptor deseado, pues que no fuese nadie.
por Ignacio Champane

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