Ir al contenido principal

Querida Ana

La Plata, 9 de junio de 1989


Querida Ana:

Han pasado ya unos años desde la última vez que te sentí. No sé si te aburriste de jugar en el patio sin verde de mi casa con techo de tejas y paredes pintadas por mí; o simplemente elegiste buscar otro espacio, más abierto o más cerrado al que puedas hacer brillar. Lo cierto es que la duda me invade, y por ello te escribo esta carta. Puede que sea la única forma de que me escuches.

Aunque lo sepas, te cuento que las tardes, después del colegio, eran especiales. Comía rápido porque sabía que tras el ceibo del campito (que tu papá plantó, o el mío) a la vuelta de mi hogar estabas parada, ansiosa, esperándome para jugar a cualquier cosa que se me venga a la mente, y te acompañe. Luego, ya de noche, nos despedíamos con un abrazo tan inmenso como verosímil, y mientras yo volvía, a veces algo magullado, guiado por los alaridos de mi madre, vos te quedabas en ese lugar, junto al árbol inmóvil. Nunca supe dónde vivías, aunque hoy creo saberlo.
Pero desde hace unos años ya no te veo; así como tampoco vuelvo de la escuela, y aquellas ganas de jugar ya no son las mismas. De igual modo, anhelo verte. Quiero que nos acostemos en la grama suave de nuestras locuras y miremos las nubes. Que nos riamos de esas que se creen más de lo que son, sólo por estar más arriba. Quiero imaginarte y que aparezcas, como antes.
Escapa de mi voluntad que vuelvas al barrio, a mi casa, a mi patio; pero no de mi deseo. La verdad, no sabía dónde mandarte esta carta, por lo que la enterraré dentro de una cajita que alguna vez quise regalarte, al lado del árbol en el que siempre te gustaba quedarte. Sé con firmeza que de verte algún otro día, te voy a volver a ver ahí, mientras me esperás con tu sonrisa gigante y tus medias a colores; con los ojos vidriosos y cómplices como con los que te recuerdo, mientras toda nuestra vida juntos pasa por mi mente. Como ahora.



por Ignacio Champane

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sobre el sol y la luna

 Insípida y repentina. Sal y ceniza. El frío de otro cuerpo. Anillos de fuego. Mar que los apaga. Ola que no ahoga y lágrimas que no mojan. Gritos infundados Vienen de otro tiempo. Voces que no esperan, A mi alma, no deben Aún no deben saber Que soy quien escucha y siente. Invierno y primavera sin sol ni luna. De afuera una melodía. Se siente como un golpe repentino Ante mis oídos Que nadie lastimó todavía. Jugando a no caer, en vilo por escuchar. Sombra en el espejo Intenta recordar Mucho más de lo que pueda ver Sin consuelo ni entendiendo Si las aves te sonríen O se están escondiendo del cielo. Ola que no ahoga Silencio que se aleja La esperanza no regresa. Promesas sobre mi pecho De un mundo que no es. Un recuerdo juega con mis ojos, Veo blanco el atardecer. Ojos hundidos en la piel No podrá comprender Si soy alma o corazón Si soy madre o padre Si mi cuerpo les da calor Si soy alguien que volvió A recordarles el silencio A ver con ellos un mar que moja Pero no como debe ser. Ola...

Un poema de tres páginas.

 -Me encanta lo exagerada que sos.- le dice.   La polaca se ríe mientras sus pies casi tocan la cara de Rita. Tiene puesta una tanga negra solamente, y lee mi último poema mientras se ríe y no me mira. Cada tanto dice algo que no Rita no entiende. La ignora con una indiferencia que se da entre dos personas que, se conocen tanto, que la indiferencia misma es el clímax, aunque se conocieron este año y es la segunda vez que se ven en su monoambiente. La anterior, cogieron un rato, hasta que Rita le dijo su apellido con tono argento, imitando al profe de Latín que patina la erre y que está muy caliente con ella, y no pudieron seguir. Cuando se sorprende por algo que dice ella, la polaca se ríe tanto que parece alguien que jamás se había reído en su vida. Durmieron, y almorzaron juntas en una despensa que peina canas.  "Me entiendo mucho con la polaca. Me gusta bastante estar con ella." le había dicho a un amigo Rita, hace unos días. San Telmo escupe ruido pero en el corazón d...