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Sin palabras

"Nubes"
Alguien.

Las palabras no siempre suenan en mi cabeza a lo que en castellano refieren. Palabras hermosas, perfectamente ensambladas con las más pintorescas letras, que se utilizan lastimosamente para nombrar objetos inertes, y viceversa. Acciones y seres que el mundo anhela, encerradas en el disfraz de una palabra ruin.


No hay nada más hermoso para nombrar de buena manera a un recién nacido, por ejemplo. Y a algún ridículo se le ocurrió que había que ponerle "bebé". ¡Bebé! Con tilde, encima, ajustadito a las reglas.
Sería más divertido si del vientre de la madre saliese un "tiburón", o "estéreo". ¡Ah no, pero qué divino ese tiburón! ¿Cuánto tiene el esterito?
Seamos realistas. Doña Real Academia no me va a hacer caso, lo sé. Pero no podemos seguir llamándole bebé a criatura tal. Y a nuestro tiburón le ubicamos cualquier otro nombre. "Crack", como suena un bocado del susodicho.
No puede ser. Nos atenemos a las consecuencias de los mal hablados que nos invadieron y en el 2014 todavía nos sentamos en algo que se llama, ¡"silla"! Silla tendría que ser el "diablo" o cualquier otra bestia temeraria, y "diablo" podría llamársele a, qué sé yo, las llantas de auto; o al bebé. 
Y así, hay miles de ejemplos que veo y me indigno cada vez que en mi mano hay un diccionario. No me quiero meter en el plano de los nombres propios para no alterar mi salud. Tampoco me voy a explayar sobre las "malas palabras". Fontanarrosa ya lo explicó bastante bien, y a decir verdad, hay algunas bastante feas, que el escritor igualmente se muere por introducirlas en un relato de la manera más noble.
De esta bronca (otra palabra horrible para graficar un sentimiento diario) surgió en mí el dilema de llamar "amigo" a cualquier ser al que tratamos aproximadamente más de un mes. "Amigo", que bien podría ser otra la palabra, pero bueno, démosle la derecha al castellano Todopoderoso, es aquél que comparte ciertos momentos, está en las buenas, está en las malas, y todas esas frases hechas con las cuales no tengo ningún problema porque sé que surgieron de otro pobre cansado que se hartó de buscar lindas palabras y fue por el lado de las ideas.
Pero decirle amigo a un compañero de clase que que luego de la secundaria viste sólo una vez y te dio vuelta la cara en calle 8... ¿Eso es para tu mente un amigo?
O peor aún, por costumbre. "Tengo un amigo en el laburo que hace unos asados...", comentaba ayer mi primo en la mesa. Los compañeros de trabajo no pueden ser amigos, seamos realistas; además, no hace dos semanas que trabaja ahí. Existe una relación, obvio, pero no es de amistad. Hay que buscar otra palabra. Ni que hablar si los sexos difieren, o al menos los gustos. Un viejo del barrio, sabio en lo que a mí respecta, me dijo una vez, mientras hacíamos un muñeco para fin de año: "Si existe el cero punto cero, cero, cero, cero, cero, uno de probabilidades de que exista afinidad sexual entre dos personas (no fue con esas palabras, me lo dijo con otras más lindas), es imposible que exista la amistad." Medio exagerado el viejo, pero en cierto modo tiene razón y me ayudó a formular una teoría que en otra oportunidad escribiré en detalle sobre usos y desusos de dicho término.
Pienso en la cantidad de palabras mal puestas de nuestro lenguaje, que repetís hace décadas obligado por los irónicos que las inventaron. Seguramente los vascos tengan el mismo problema, no sé si los chinos; pero nosotros tenemos una grave situación ante un acotado esquema que mal utiliza conjuntos de letras como "tuerca", "cerebro" y "ántrax", y vanagloria algunas otras como "dios" (vacía totalmente, imagináte si fuera "antrax") "película" o "nube". Estamos mal. A luchar por lo que nos pertenece.

por Ignacio Champane


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