Cerré la canilla y mis pies cuelgan a unos cinco centímetros del piso de cemento del baño. No me puse medias. Desde siempre me gustó sentir el suelo. Cualquiera sea. Una baldosa y sus límites, el asfalto aunque queme, el pasto o el barro que renace entre mis dedos gruesos haciendo burbujas grises. Amo pisar el barro y que de repente, entre todo ese quilombo, alguna piedra aparezca y me pinche un poco, y seguir, como si nada, como si el barro fuera mío, como si las abejas ya supieran que no me tienen que picar, porque soy barro.
Encima tengo un frío... Pero de esos que siento que los voy a recordar toda la vida. Como cuando fuimos hace poco al Zoológico de Buenos Aires. Vi una jirafa, y la vi triste. Le tiré comida y no la quiso. Los gansos sí querían, y un poco de miedo me dieron. A la vuelta a mi viejo se le voló una puerta de lona del Mehari, que ya era un hielo de por sí. Todo el viento me pegaba en la cara, y ya era tarde y a mí me encantaba, hasta que se escondió el sol. Creo que me enfermé después de eso, y mi vieja lo cagó a puteadas a mi viejo; mientras gritaba, mi papá me decía que, de todo, algo se aprende, y que me limpie los mocos. Ahora siento el mismo frío y las mismas palabras desde los dientes furiosos de mamá, que vienen del comedor. Mi viejo recién llegó y le contesta espaciado, tartamudeando un poco, como si se sintiese mareado. No preguntó por mí.
Las paredes blancas que, recuerdo, ellos mismos pintaron, ennegrecen desde el techo y se descascaran de a poco, formando caras divertidas. Me contaron que es por la humedad. A mi me encanta ese olor, es como el olor de mi casa. No como el olor de la casa de Daiana. Ese olor es de gato sucio y viejo, y ella también lo tiene. Pero mis papás me dijeron que nos hace mal la humedad, que por eso necesito el corticoide todos los días e ir a visitar al doctor Mosca todos los meses. En el baño es peor porque no hay ventanas. Apenas un inodoro, la ducha arriba mío y el coso para lavarnos las manos.
El otro día fui al cumple de Marito y además tenían otro inodoro igual al lado pero sin tapa, que me pareció genial, era como todo el baño en un solo aparato con canillas y agujeritos; me empapé con un chorro de agua que no esperaba y esperé a que se me seque la remera Billy, mi preferida. Pasa que son como seis en esa casa, necesitan un montón de cosas que nosotros nunca tuvimos. Nosotros, apenas somos tres, la cantidad justa para jugar al Chin Chon.
Me muero de frío pero hasta que no deje de gritar mi vieja, no voy a salir. Encima, recién dijo mi nombre. Alguna me mandé: estoy seguro pero no sé qué. Hace diez minutos que no hago ruidos y un poco me tiembla la panza. La puerta de madera está abierta. En realidad, siempre todas las puertas están abiertas.
Pensé en buscar el tapón y llenar de agua todo el coso para lavarnos las manos así piensan que estoy jugando con los muñecos.
Mientras buscaba alguno en la ducha, pasé por el espejo y me vi muy colorado. Me toqué la cara y tengo los cachetes mojados y una gota me cosquilleó el cuello.
Creo que hoy aprendí a llorar en silencio. Y es la primera vez que no quiero que me vean.

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