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Los Muñecos



 Saber que en otras ciudades no se hace, es condición suficiente para que cualquier platencito se sienta orgulloso de hacer un muñeco en su barrio.

Mauro era chico, el más chico de la banda de amigos que mientras noviembre se acercaba ya planeaban qué iban a hacer para quemar a fin de año: una momia. El barrio 19 de febrero ya tenía su representante.

No había muchas razones: la idea era hacer el torso, cabeza y brazos (uno extendido como intentando agarrar algo delante suyo, y el otro más retraído, con gruesos músculos), rodeados de venda ficticia y engrudo, emergiendo de la tierra. Por lo general, solían hacerse personajes que se destacaron ese año, pero Mauro llevó la foto de la momia y a todos les pareció una gran idea.

Era el primer muñeco en el que Mauro participaría activamente, y comenzó a enderezar alambres y algunos fierros pequeños para armar la estructura. Siempre le gustó ver arder los muñecos, pero sobre todo el ruido que hacían las obras de arte de los chicos de Barrio Jardín, que compartía fronteras con el 19 de Febrero en la diagonal asfaltada.

Siempre era el mismo baile: las llamas consumían casi en silencio a la mezcla de cartón y madera, mientras la cara de los visitantes ebullían. Luego de alguna explosión aislada, los aerosoles vacíos comenzaban a estallar en el mar de fuego y todo el mundo retrocedía unos diez pasos, quedando entre la pared de alguna casa del barrio y el calor de las llamas. Algunos, incluso, escapaban del show. Mauro quería que todos se queden igual de impactados con el muñeco de su barrio.

Tras varias semanas de trabajo, la banda de amigos de Mauro ya había logrado erguir el torso, mientras trabajaban en la cabeza de ojos negros, que guardaban de noche en el garage del Tanque Funes, excelso número nueve de torneos clandestinos y policía retirado.

Mauro fue a visitar a su abuela una de las primeras noches de diciembre, y mientras entraban al barrio le pidió a su papá que frene entre gritos y corrió al campito, la fachada del barrio que servía de cancha de fútbol, ronda de mates y ritos umbanda.

Corrió campo a través hasta llegar a la momia, que de a poco caía iluminada por el fuego malintencionado que la hacía arder veinte noches antes de lo planeado.

Al otro día, entre teoría y teoría sobre quién había incendiado el muñeco (los de Barrio Jardín tenían todos los números), grandes y chicos se prometieron hacer algo nuevo en los pocos días que quedaban, aunque tal vez no tan impresionante como la momia: optaron por hacer una lata de cerveza Quilmes en el medio del campito. El pasto quemado casi en un lateral de la cancha funcionaba de lugar histórico para emplazar año a año las obras.

La estructura era simple: un palo de luz que yacía sin uso en la zanja del campito hacía años, haría de soporte central, bien clavado a la tierra, mientras varios fierros saldrían de él desde arriba y abajo para comenzar a darle forma al nuevo cilindro. Luego, con cartón y alambre, se forraría el exterior para luego comprar algunos aerosoles, empapelar y finalmente darle estilo a la cerveza que mediría unos tres metros.

Tras varios días de trabajo bajo un sol constante, la lata ya tenía forma de lata. La banda de amigos de Mauro, entre los que resaltaban apodos como el Rengo, el Mariachi, la Chuqui, el Buduchaga, el Puni, el Cabeza de Poronga, el Palito, Luchito, la Kiko, etcétera, casi como en una guerra idearon un plan para tener siempre vigilado el muñeco: harían guardias de a tres o cuatro personas y se quedarían por la noche a cuidarlo.

Cuando Mauro le contó la idea a su padre, a este le pareció una locura. Pero el Palito, uno de los más grandes, le aseguró a los adultos mayores que siempre serían por lo menos más de cuatro grandes de la banda los que dormirían en el campito.

A Mauro le tocó el viernes treinta de diciembre de dos mil cuatro, junto a la Chuqui, el Mariachi (el grande responsable) y la Kiko, quien trajo una carpa del padre, viendo que las noches anteriores las demás guardias durmieron incómodamente dentro del cilindro de cartón y hierros, metiéndose por un diseñado agujero.

En el barrio, hasta las ocho o nueve de la noche se jugaba al fútbol en el campito. Y de a poco se iban yendo los jugadores, y también las luces del 19 de Febrero.

Después de comer, los cuatro guardianes se juntaron en la lata y ayudaron a Kiko a armar la carpa. Parecía bastante espaciosa y cómoda para estar dentro de las bolsas de dormir. Pero apenas la terminaron, el Mariachi, el más grande, pidió probar la carpa y luego de meterse cerró con un candadito los cierres. La Kiko, la Chuqui y Mauro dormirían dentro de la lata.

Ya eran las diez de la noche y la mayor preocupación del trío eran los mosquitos. Todavía hacía calor pero el cielo encapotado de nubes dejaba soplar una brisa tenue que pasaba por los agujeritos de la estructura.

Dentro de la lata, los chicos perdieron la noción del tiempo. Se tomaron un momento para hablar del Mariachi, putearlo y reírse un rato. Jugaron al veo veo; se contaron algunos secretos que en el grupo grande no podían contar. En un momento Mauro se levantó y salió del muñeco. Miró el cielo, tomó un excedente de aire para sus pulmones y se volvió a meter. Él se había ofrecido a dormir en el medio, donde el palo de luz daba justo y no le permitiría moverse con facilidad para darse vuelta.

La madrugada llegó y a lo lejos se escucharon risas. La Chuqui se despertó de repente, e hicieron lo propio sus compañeros. Lo que parecía una carcajada se fue convirtiendo de a poco en el cantar de grillos y ranas, y un buen tiempo se quedaron mirando cómo en el techo de la lata había unas diez luciérnagas.

Como todas las guardias pasadas, la noche se hizo larga y silenciosa. A eso de las doce de la noche, el Pelado, adulto mayor que vivía cerca del campito, había pasado y les había dejado unas gaseosas. Desde ese momento, nadie más se había acercado.

Mauro estaba encantado de ser parte de la creación del muñeco. Mientras se entrecerraban sus ojos, no podía creer estar durmiendo dentro de uno. De esos que los platencitos se ponen orgullosos. Pensó en las otras ciudades. Pensó en los niños y niñas del mundo que dormían en sus camas. Qué boludos, pensó Mauro, mientras se dormía. Pensó en su hermanito más chico, Pablito, y en las cosas que le enseñaría sobre cómo hacer muñecos. Cómo preparar el engrudo. Dónde colocar los petardos, los aerosoles. Mientras se dormía pensó en el sistema de guardias que habían creado y pensó en cómo se lo contaría.

Y pensó. E imaginó. Y luego soñó. Y se despertó de nuevo y pensó. Y mientras el humo invadía la lata Quilmes y el techo se iluminaba soñó que Pablito, cuando sea más grande, podría hacer un muñeco con la cara de él.


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