No sé su nombre completo, le decíamos de mil maneras. No recuerdo ni el día, ni el mes, tampoco el año en el que murió. Sólo que sonó el teléfono y mi vieja dijo hola y ya cuando dijo hola y dijo Uy bueno, yo entendí todo y cuando ella me dijo Nacho, e hizo una pausa, yo le dije que sí, que ya sé, como para que no se hable más, y dormí un rato hasta levantarme para ir a mi segundo velorio en la historia. Oficialmente nadie me dijo que estaba muerta.
Perder y llorar una abuela puede ser muy Disney, muy aburrido, muy común. Para mí fue una muerte más en el remolino de adolescer.
No recuerdo el año en que murió pero sé que fue después de 2005, que murió su hijo. Tuvo siete y vio morir a tres: Cristina, Tito y Fabi. Aún quedan Olga, Norma, César y Lili. Lili vivió con la Abuela China muchos años, y los últimos sobre todo fueron muy difíciles para ambas.
A mí me gustaba ir porque mientras ellas discutían con mi viejo yo jugaba en la Compaq Presario. También le revisaba algunos cajones buscando tesoros. El departamento era un caos de ropa arrugada y peluches, olor a perfume de señoras grandes y rosarios y estampitas y aguas benditas y bandanas y jabones del Padre Ignacio. Un mini componente quedaba siempre prendido en la 92.1. Es para los perros, me decía.
Cada vez que Lili, la menor de las mujeres, presentaba un novio, era un tema central y la Abuela China lo odiaba desde el primer minuto. Era mala la Abuela China. Era buena porque me daba dos pesos siempre que la visitaba para comprar unos sobres metalizados que adentro venían muñecos de Dragon Ball. Pero era mala también la Abuela China. Era mala con la tía Lili y era buena con mi viejo, el más chico. Y a veces al revés pero siempre era como dije al principio.
Si algo de todo lo mágico que dicen existe y ella llegara a leer esta esquela tardía, le diría que me disculpe porque le seguí pidiendo esos dos pesos cuando hacía cuatro años que los sobres metalizados ya no se vendían. Que me perdone porque cuando me di cuenta que su ausencia realmente dolía ya era grande y había ocupado la cabeza en otras muertes.
No recuerdo el año en que pasó, tampoco supe el nombre completo. Sí supe que tuvo dos perros que los amaba, el Piki y el Duke, y que cuando yo era un bebé el Duke, un pequinés cruza con algo, me mordió el pie izquierdo y ella se encargó de castigarlo y abrir la caramelera de vidrio azul para consolarme.
No recuerdo si iba mucho a visitarla pero sí sé que me quedó la sensación eterna de que debería haber ido más tiempo. Y al ir, no quedarme tanto en la computadora sino hablar con ella y que me cuente algo de su adolescencia y de mi abuelo. Si alguna vez trabajó. De qué. No sé un carajo, la verdad, sólo que hablaba en un cumpleaños con su voz de doblaje latino y todos se callaban, y por lo general después se reían porque era muy graciosa la Abuela China. Hincha del Rojo la Abuela. Nacida en Azul. Qué se yo. Soy el menos indicado para escribir sobre ella. Me estoy dando cuenta ahora. Encima me va a salir un huevo esto en el diario, pero creo que se merece algo así. Les debo las fechas. Disculpas a los vivos, pero tampoco quería preguntar en un momento como este o en cualquier otro. No suelo preguntar sobre cuestiones que me hacen ver vulnerable o desalmado. Simplemente le quería recordar a ella y los demás que cuando se fue todavía tenía lágrimas en el pecho por la muerte de mi viejo, y que ya nada importó tanto como para que se quiebre el dique y fluyan los recuerdos.
La quise un montón. Es difícil que a los quince años una abuela te haga reír como ella me hacía reír. Es difícil que en el remolino de la adultez se pare el mundo, deje de trabajar, de tomar mate para recordar algo tan lejano.
Pero es la Abuela China.
Por Ignacio Champane
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