A esta hora, la ciudad se muestra más amigable de lo que imaginé. Casi no siento las baldosas mientras camino por una calle inundada de luz blanca. Viene gente, bajo el cordón y mientras los autos pasan a contramano de mis pies, siento en mi cara el aire a toda velocidad que los acompaña.
Llegando al Parque Saavedra es siempre lo mismo. Una bicicleta inglesa con notas de óxido se pierde tras el hospital, mientras alguien le grita, desesperada. Intento mirar su rostro, es familiar, pero no es quien pienso.
Me adentro en el parque. Pero siempre que paso por ahí, la bici se aleja, y algo se lleva. Y mientras repaso de dónde conozco esa mujer de dedos largos y voz rota, de un momento a otro ya estoy sobre tierra y charcos, caminando descalzo, y los árboles desaparecen. Hay viento pero no vuela polvo, y veo todo con claridad.
Mis manos sujetan algo. Mi casco parece un balde antiguo con restos de cal y un compañero igual vestido que yo, descansa asustado contra la pared de una esquina. Espera en cuclillas que alguien aparezca para matarlo y continuar la marcha.
Mis armas parecen de juguete, y las ruinas que me rodean son de barro. Mi compañero está agitado y detrás de él veo un campo gris difuminado. Lo conozco, el campo no es tal cual lo recuerdo, y mi compañero no se viste así. Nunca. Y yo tampoco pero no me doy cuenta. No me mira a mí sino al suelo, esperando una sombra cautelosa que no sepa que va a caer.
Sin mover la mirada se recompone, y apoya su pistola sobre mi sien. Al instante estoy a su lado esperando que mate a mi sombra. Dispara.
Y cuando todo tiene que terminar, como terminó tantas veces, apenas comienza. Siento un dolor que jamás sentí.
Mi balde no frenó la bala, que ahora dentro mío provoca un espasmo agudo, como de toda la angustia de mi vida junta y contenida. Así se siente. Y el dolor ahora quiere salir, pero no sabe por dónde.
No tengo fuerzas pero tampoco caigo. Mis pies en la tierra clara se afirman mientras mis manos intentan detener todo lo que sale por mi boca. Esto tendría que haber terminado. El campo me envuelve de a poco y me doy cuenta que son girasoles.
Mi dolor no se oye entre las ruinas y ya de noche acaricio mis rodillas con los ojos abiertos, mientras una manta me cubre por completo. No veo mucho, sólo escucho una voz, que me parece familiar, pero no es quien pienso.

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