Ponele, pienso, ¿no? Hay cosas que no se las puedo contar a mi jefe, así en una charla de amigos que nunca van a ser amigos. No le puedo contar dónde vivía, con quiénes andaba. No le puedo contar que mi amigo Paco se ahorcó a los quince años, nada que ver, pero porque le va a chupar un huevo, y porque va a formar una idea mucho más general y enquilombada de lo que soy. Él, como todos los de acá, menos vos, me conoce hace un año nomás y no sabe las cosas que me pasaron, las cosas que hice, lo que no.
Igual está bueno esconder algunas cartas, qué se yo. Seguro te pasa. A mí me dá que en cada círculo me tengo que manejar un poco distinto. Me gusta saber hasta dónde puedo maniobrar. Está bueno que no sepan todo, que no te pongan ni en el umbral de víctima, ni en la mira del peor ser humano del universo. Hay un par que me detestan, ¿te diste cuenta ?.
Pero mi jefe no. De hecho, hoy estuvimos todo el día juntos, hasta recién que me abrió el portero. El chabón me ama. Conoce las partes justas de mí, lo que yo sentí que le servía a él ya la empresa. El loco es hijo del dueño y debe estar cansado de que le chupen las medias. Oh lo detesten. En cambio yo fui de un principio y le di lo que quería: laburar calladito, no generar drama, arreglar algunos quilombos históricos e irme a casa. Por eso algunos me odian. Y de a poco me fui ganando la confianza, pero no quiero traspasar límites de amiguismo y camaradería.
Entonces no le puedo contar dónde andábamos cuando éramos chicos, adentro de una heladera vieja por el medio del arroyo Maldonado juntando plásticos y fierros. Qué bien nos sentíamos limpiando un poco el arroyo. Tal vez sin darnos cuenta, después lo volvíamos a ensuciar pero, era hermoso sentir que hacíamos algo por el barrio. Pero no le puedo contar esas cosas. O sea, tampoco quiero, ¿entendés? Él me conoce sólo de camisa y pantalón ajustado. No encaja que de chico tenía un escuerzo de masctoa. Un capo, el Pipo, pero son cosas que me quiero guardar para mí.
No sabe que fumé cartón con vos abajo del puente de la placita. O que una vez llegamos a tu casa de andar en bici todo el sábado y tu vieja estaba afuera, con los ojos desorbitados re pasada de Migral y whisky y nos apuntó con un revólver.
Yo no paraba de llorar, me cagué todo, pero vos le sacaste el chumbo en dos patadas y fuiste a cagar a pedos a tu viejo, que estaba adentro mirando Pasión. Un forro. Ahora que lo pienso tu viejo estaba más loco que tu vieja.
En realidad después me di cuenta que no nos apuntaba a nosotros, sino a Luis, el papá de Kevin, que se escondió en la entrada de su casa. Ese finde a tu vieja se le metió en la cabeza que Luis le había cagado dos metros de terreno. Pero no ese día, hace veinte años, y sacó el revólver y le quería pegar un tiro. Me cansé de repasar la anécdota mil veces con los chicos y de las veces que vimos pistolas en el barrio, pero seguro a vos tanta gracia no te hizo.
Así que yo trato de medirme, ¿viste?. Cuando me pregunta donde vivía, yo le respondo que en La Plata. Total, es grande la ciudad, y los de Capital no cazan una. Sí, sí, la de las diagonales, sí, la Catedral, hermosa. Chau. Fin del tema. No hace falta que le cuente más.
Imagináte ahora, recién que estábamos en la terraza del Kavanagh, comiendo unos Gamberi Impanati. Siete lucas pagó unos langostinos. La puta madre, Paquito, si habremos comido boludeces nosotros.

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