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Los Niños Mágicos.



por Ignacio Champane.


La eterna bronca de nacer después. De que se me ocurran ideas o me pasen cosas hermosas que ya fueron contadas al menos diez veces alrededor del mundo. 

¿Qué hubiese sido de mí si fuese el primero en contar que las paredes dialogaban conmigo? Que me atacaban y me desnudaban para darme una lección. Que me hacían reír, con chistes que se escribían sobre sí. Que me contaban lo que fue, y se atrevían también a contarme lo que será. Que me enseñaban a vivir.

Pero si se lo cuento ahora a alguien, seré uno más en un tumulto de gente eufórica intentando esclarecer la nebulosa. O seré uno más del que burlarse, o tendré 2 visualizaciones en Youtube. Nadie me va a creer. O peor aún. Muchos se acercarán a mí y me dirán que les pasó lo mismo. 


¡JA! A la única que le pudo haber pasado lo mismo es a mi madre, y está muerta. Nadie más habitó esa casa. Nadie más habló con ellas.


De hecho, pocos conocen dónde nací. La casa no tenía revoques en ningún rincón, salvo en mi habitación. Mi madre la pintó por completo un día soleado. Lo recuerdo porque no me hablaba, sólo pintaba, y escuchaba Roxette mientras transpiraba y cantaba. Mi cama era una cucheta de caños azules pero sólo yo dormía allí. Así que algunas noches dormía abajo y otras bien pegado al techo, y se sentía un olor a humedad tenue del que también me fui haciendo amigo.


Nadie entiende mi deseo. Sólo ellas saben lo que quiero.


Una vez recuerdo que en la pared donde está mi ventana apareció mi nombre. Fue la primera vez que vi algo así. Y me quedé atónito. Y no pude leer más, pero la pared seguía escribiendo, gris sobre blanco impoluto, a mano alzada como cualquier maestra de la primaria.

Esto no sucedía en otros lugares: sólo las paredes de mi casa me contaban cosas. Y me enseñaron de todo. Me hablaron de tiempos pasados, donde ellas eran distintas, y de cuándo y cómo encontraban "niños mágicos" como yo. Así me decían hasta hace unos días. 

Me contaban un montón de cosas, pero nunca cómo llegaron allí. ¿Cómo fueron deambulando entre barrios y países hasta caer en mi casa, y encontrarme?, pensaba.

Cuando le conté a mi madre sobre las paredes, no me escuchó, o al menos no me respondió. Mantuvo la mirada en un repasador sobre el mármol viejo heredado de mi abuela. No movió la boca, pero su rodilla golpeteaba a ritmo contra el bajo mesada.

Si esto lo cuento ahora, es porque quiero que haya otros "niños mágicos" a los que le suceda lo mismo. Que sepan tantas cosas como yo. Que hagan todo lo que las paredes les dirán. Como a mí. No seré el primero, pero tengo pruebas desperdigadas por la casa para afirmar que esto es real.

La primera vez que lloré en el baño sin saber por qué, las paredes dibujaron mi silueta sobre un espejo empañado. Me retrataron a la perfección, pero en lugar de lágrimas, estaba sonriendo. A carcajadas. Por eso supe que fueron ellas, porque sólo las paredes me hacían reír a carcajadas.

Más tarde, luego de acostarme y dormir un rato, un estruendo en el patio trasero me despertó a medias. Cuando abrí los ojos, las cuatro paredes de mi habitación, iluminadas por mi pequeño televisor mudo, estaban llenas de manuscritos, con muchos signos de exclamación y ninguna pregunta. Había caritas felices. Decían que no importara, pero que lo haga. Que ellas me iban a cuidar, que me iban a guiar siempre, me llevarían a la escuela y, cuando sea grande, me encontrarían el mejor trabajo del mundo. Había otras oraciones que no entendía, donde las palabras terminaban raras.


El mejor trabajo del mundo, decían...


Yo quería ser veterinario acuático. No sabía si existía esa profesión, pero mi sueño era cuidar de las ballenas y los pingüinos. No a los caballos. Acuático solamente.

Luego de esa noche, los escritos desaparecieron, y por diez días no supe nada de las paredes, sólo que seguían allí, blancas, hermosas, con cosas feas que alguna vez mamá colgó.

Hoy la casa huele horrible y las paredes no me hablan. De hecho, nunca me hablaron, sólo escribían y empiezo a pensar que hablaban entre ellas, pero yo estoy tranquilo.

Creo que las cosas de a poco se van acomodando, y ya es tiempo. Creo que hice todo lo que pude hacer, y más. 

Finalmente hoy entiendo por qué no aparecen. Se tomaron estos días para pensar. Y ahora me están invitando a ser parte de ellas, porque saben que mi deseo fue siempre estar allí. Me enseñaron tantas cosas: a escribir, a pedir, a dar órdenes, a llorar y ser lo que deba ser. Creo que finalmente me encontraron el trabajo prometido, y es mejor no llegar tarde.

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